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¿Cómo se siente uno?

¿Cómo se siente uno?
Las preguntas sobre cómo se siente uno miran hacia el interior del alma. En cada actividad despertamos sentimientos de satisfacción o de aburrimiento. 


Empiezo una nueva actividad: un trabajo, un paseo, un deporte, un libro, una música.

Pronto surgen las preguntas: ¿me gusta? ¿Me siento bien? ¿Estoy satisfecho? Otras veces son otros los que nos lanzan la pregunta: ¿cómo te va? ¿Estás a gusto?

Detrás de este tipo de interrogantes hay un deseo de valorar lo que llevamos entre manos. En cierto sentido, parecería que lo que hacemos sería “mejor” si suscita buenos sentimientos, mientras sería “peor” si desencadena sentimientos negativos.

Las preguntas sobre cómo se siente uno miran hacia el interior del alma. En cada actividad despertamos sentimientos de satisfacción o de aburrimiento, de entusiasmo o de desgana, de esperanza o de miedo.

Si vamos más en profundidad, descubrimos cómo esos sentimientos surgen desde expectativas, desde sueños, desde deseos íntimos. Surgen también desde el mismo funcionamiento de nuestro cuerpo: algunas actividades físicas o simplemente las consecuencias de una mala digestión suscitan emociones más o menos concretas de desgana, de cansancio, de pereza, de enojo.

Sin embargo, ¿son los sentimientos el parámetro adecuado para valorar la bondad o la maldad de lo que hacemos? ¿No deberíamos ir más a fondo y buscar puntos de referencia de mayor peso?

Ciertamente, los sentimientos tienen su papel en la propia vida, aunque no son lo único importante. Limitar nuestra atención a lo que sentimos no es correcto. Cada ser humano puede acometer actividades incluso desagradables y molestas por ideales nobles. Las pondrá en práctica si piensa con una inteligencia que descubre principios verdaderos y si actúa con una voluntad que ama por encima de lo que susurren (o griten) nuestros sentimientos.

Ayudar, limpiar, dar de comer, escuchar un día sí y otro también a un anciano cuesta, incluso en algunos provoca sentimientos de desgana o de aburrimiento. Pero quien ha optado por un servicio difícil, incluso contrario a las reacciones emotivas, tiene puesta su mirada no en lo que le cuesta, sino en la ayuda que el otro está recibiendo.

En vez de preguntar cómo se siente uno, deberíamos preguntar si uno está realizando algo que vale la pena. Ese es el tema decisivo a la hora de escoger actividades y proyectos buenos y de perseverar en los mismos. Si así lo hacemos, construimos un mundo menos egoísta y más abierto a la belleza y al bien, a la justicia y al amor, a los hombres y a Dios.
 
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Jesús y la Historia

Jesús y la Historia
El Evangelio no es una biografía de Jesús. Su objetivo (dar un testimonio para conducir al lector o al oyente a plantearse la cuestión: ¿Quién es este hombre?

II. Tus preguntas sobre Jesús.


Jesús y la Historia

Hace algunos años, un sondeo afirmaba que, para el 50 por 100 de los franceses, Jesús era un personaje sobre el que sólo podemos saber que existió. Tú, en cambio, me preguntas:

« ¿Por qué Jesús se ha convertido en un punto de referencia en la historia?
-¿Es normal a nuestra edad plantearse preguntas sobre Jesús?
-¿Qué pensar de los milagros de Jesús?
-¿Qué es el Evangelio para usted?
-A su juicio, ¿Jesús es un impostor?»

Estas cinco preguntas plantean el problema de la historicidad de los cuatro Evangelios, del que intentaré darte un resumen progresivo.

1. Actualmente nadie niega ya la existencia de Jesús, que ha servido de punto de partida a nuestra era cristiana (los judíos dicen «era común» porque les molesta el adjetivo «cris-tiano», lo cual es perfectamente comprensible). Esta era tiene cuatro años de retraso porque el monje Dionisio el Pequeño se equivocó en sus cálculos. Los musulmanes utilizan también otro calendario que comienza en el 622, fecha de la égira, es decir, de la huida de Mahoma de la Meca a Medina.

Que los historiadores griegos y romanos apenas hablen de Jesús es una prueba más de su existencia, ya que en su tiempo era imposible detectar la presencia de un «perro judío», de un Israel minúsculo en la enormidad del imperio romano. Por otra parte, en el propio Israel proliferaban el falso mesías, que, de vez en cuando, alteraban la paz de los ocupantes romanos. En cambio, es normal que un historiador judío, contemporáneo de Jesús, Flavio Josefo, hable de Él en su libro «La Guerra de los Judíos ». Los mejores especialistas; entre ellos mi compañero André Pellegier, han establecido la autenticidad de un pasaje controvertido de su obra en el que hace alusión a Cristo y a su brillante reputación. Los demás historiadores, todos ellos más tardíos, sólo hablan de los discípulos de «Chrestos», perseguidos por los emperadores.

2. Los manuscritos más completos de los textos evangélicos se remontan al siglo IV, lo que no deja de ser sorprendente, ya que en todas las grandes obras literarias de la antigüedad la distancia entre el autor y las primeras huellas escritas de su obra es mucho mayor. Además, poseemos fragmentos de papiros del capítulo 18 de San Juan, del año 130. Conservamos también citas evangélicas en las obras de autores cristianos de los siglos II Y IlI. En lo que concierne, pues, a la tradición manuscrita, los evangelios ocupan una excelente, posición en relación con las demás grandes obras de la antigüedad.

3. Todas las disciplinas científicas han sido utilizadas para verificar la exactitud de lo que dicen los evangelios. No contrapongas, pues, la ciencia a la Biblia, porque hay una ciencia de la Biblia, e incluso varias. Los exégetas suelen ser auténticos sabios que, además de estar especializados en una determinada materia, tienen conocimientos de arqueología, de numismática, de tejidos, inscripciones, costumbres y, naturalmente, de lingüística. Si has visitado Tierra Santa, habrás visto excavaciones arqueológicas impresionantes que nos hacen remontar a los tiempos bíblicos más remotos, y, por supuesto, a la época de Jesús. Los judeo-cristianos, y después los bizantinos, construyeron santuarios, en los lugares venerados, ya fuese la casa de María en Nazaret o la de Pedro en Cafarnaúm. Otros sabios se dedicaron a estudiar las distintas maneras de crucifixión en tiempos de los romanos, o las diversas formas de enterrar pe los judíos, que confirman lo que nos dicen los textos sagrados.

Amigo mío, la Iglesia no tiene miedo al rigor científico. Pío XII no dudó en mandar hacer excavaciones bajo la basílica de San Pedro para verificar la existencia de la tumba de Pedro, que quedó así confirmada. Por su parte, Juan Pablo 11 ha querido someter el santo sudario de Turín a la prueba del carbono 14, y ya sabes que los tres laboratorios encargados de hacerlo han coincidido en fechar el tejido en torno al siglo xv. Acepto este veredicto. De cualquier manera, el sudario no es el fundamento de mi fe, aunque me emocionaba rezando ante él y lo sigo haciendo. Además, este análisis no invalida los hechos anteriormente por los sabios de la NASA en lo que concierne a los pólenes descubiertos así como a la imagen tridimensional y al origen no químico de la imagen (que parece que se debe a una radiación). Todavía estoy esperando que alguien me explique estos fenómenos, y, sobre todo, cómo se podía inventar un cliché negativo en pleno siglo xv...

4. La exégesis bíblica está todavía viciada por una serie de presupuestos, procedentes del siglo pasado, y que no tienen nada de científico. Numerosos sabios alemanes, pertenecientes a menudo al protestantismo liberal, basaron sus estudios en aprioris racionalistas que falsearon sus juicios. Para muestra, dos ejemplos. Estos exégeta s afirman: el milagro es imposible; luego los relatos de milagros han sido inventados por la comunidad cristiana primitiva; luego los evangelios son tardíos; y todo lo que es tardío es sospechoso. Señalan también que la profecía no existe; luego las que se encuentran en el texto han sido escritas después de que se hubiesen producido los acontecimientos anunciados; luego los evangelios son tardíos; y lo tardío es sospechoso. Postulan, asimismo, que los ministerios de la Iglesia son invenciones del catolicismo, que Jesús no ha podido crear, ni Pablo poner en funcionamiento en Corinto; luego las epístolas de la cautividad, que hablan mucho de los ministerios, no son de San Pablo; son, pues, más tardías; y lo tardío es sospechoso... Hoy, cada vez más exégetas denuncian estos presupuestos pseudocientíficos.

5. Así pues, el camino es estrecho y serpentea entre dos errores.

Por una parte, debes saber que:

a) el Evangelio no es una biografía de Jesús. Su objetivo (dar un testimonio para conducir al lector o al oyente a plantearse la cuestión: ¿Quién es este hombre? Lo que no quiere decir que un testimonio sea menos verdadero que una biografía.

b) el Evangelio no es un reportaje hecho por un periodista con una cámara y un magnetofón, para sorprender a Jesús e flagrante delito de existir y de actuar. Además, a una instantánea de este tipo le hubiera faltado profundidad. Reflexionando con posterioridad, San Juan no alteró nada. Tardío no quiere decir inexacto, sino más profundizado y reflexionado.

Por otra parte, es falso adjudicar todo el trabajo a la primitiva comunidad como si fuese una especie de comodín capaz de explicarlo todo.

a) En primer lugar, los sabios han rechazado la idea de que las obras de los grandes autores de la Antigüedad, Homero por ejemplo, son una creación colectiva. ¿Por qué el Evangelio tendría que ser la única excepción a esta regla?

b) Se le endilgan a la comunidad una serie de cosas que no quieren adjudicar a Jesús, como la institución de la Iglesia, la de los Doce Apóstoles o la de la Eucaristía. Todo esto habría aparecido más tarde para tapar un agujero, reemplazando la Iglesia al Reino que tardaba en llegar, o para crear un rito semejante al de los paganos (la misa). Pero estos aprioris son falsos. Los mismos protestantes han demostrado que la formación de la Iglesia no sólo coincidió con la época de Jesús sino que fue puesta en marcha por el propio Jesús. Probaron también que era imposible entender la Eucaristía si el mismo Jesús no la hubiese instituido, y descubrieron los sacramentos en el Evangelio de San Juan.

6. Hoy se percibe mejor la estrecha relación existente entre Jesús y los Evangelios.

a) El mismo Jesús dio a sus discípulos y a sus Apóstoles una formación inspirada en la tradición rabínica, con una manera de hablar que favorecía la memorización: frases cortas, juegos de palabras y juegos sonoros, técnicas pertenecientes todas ellas a la tradición oral. Muy pronto sus enseñanzas fueron puestas por escrito en forma de «fichas» más o menos grandes, en las que se inspiraron los evangelistas.

b) Por otra parte, el texto griego, que es nuestro texto actual, deja entrever, por sus giros incorrectos, que es la traducción de un original más antiguo, hebreo o arameo. Así pues, los evangelios se basan en testimonios semíticos (7: Así, en el cántico de Zacarías (1, 72-73), las tres palabras «salvación», «memoria» y «promesa» corresponden en hebreo a los nombres de tres personajes: Juan (Yahvé, salva), Zacarías (Yahvé se recuerda) e Isabel (promesa). Yendo hacia el portal, los pastores se dicen: «Vayamos a ver esta palabra» (Lucas 2,15), lo que no es correcto en griego, pero sí en hebreo, porque en esta lengua una palabra (dabar) es, ante todo, un acontecimiento que se contempla y no un discurso que se oye. Además, hay juegos de palabras que facilitan la memorización: «Con estas piedras (abanim), Dios puede hacer hijos (banim) de Abrahán» (Lucas 3,8). Etcétera.

En cualquier caso, Lucas nos advierte que él ha utilizado fuentes de primera mano (Lucas 1,1-4).

c) Se ha rehabilitado, sobre todo, el Evangelio de Juan, que, a principios de siglo, pasaba a ser una meditación piadosa escrita al final del siglo n. Ahora bien, los papiros encontrados en Egipto obligan a situar su composición antes del año 100. Y los descubrimientos del Qumran, en el desierto de Judea, permiten relacionado con la tradición judía, lo que, por otra parte, reconocen los mismos judíos. Además, Juan demuestra en cantidad de detalles que conoce perfectamente aquello de lo que habla. Incluso relata tradiciones desconocidas para los demás evangelistas, y la fecha que asigna a la Cena parece muy plausible. «Si Jesús hubiera podido leer el cuarto Evangelio, concluye P. Dreyfus, hubiera dicho: "soy yo".» ´

7. Hoy existe una tendencia que consiste en volver a fechar el Nuevo Testamento, es decir, en situar los Evangelios más próximos a Jesús. Se trata de un asunto que hay que seguir estudiando, pero:

a) Esa no es una razón suficiente para excitarse y dar a la disputa una vertiente política, como sucede en Francia.

b) Tampoco hay que exagerar y remontar demasiado las fechas, como si se quisiesen convertir los textos en un reportaje.

c) No hay que caer en el razonamiento del adversario. Hace algunas décadas se decía que una fecha tardía convertía en sospechoso al testimonio. Por eso, hay hoy algunos que fechan los Evangelios lo más cerca posible de Jesús, para demostrar así su autenticidad. Pero el error es el mismo en ambos casos: la proximidad del escrito y del acontecimiento no establece la verdad del acontecimiento, así como la distancia entre ambos no significa una menor autenticidad. Un reportaje inmediato puede ser falso o simplemente superficial; en cambio, una mediación más alejada puede ser más justa y más profunda.

8. Además, no olvidemos a San Pablo, cuyas cartas, redactadas a partir del año 50, son anteriores a los textos evangélicos que poseemos. Pablo es un puente fundamental entre Jesús y la Iglesia. Hacia el año 57 recuerda a los Corintios lo que les ha enseñado algunos años antes (hacia el 51), durante la fundación de su Iglesia: una doctrina que él mismo había recibido de los Apóstoles en el momento de su conversión (hacia el año 37), y que éstos habían a su vez recibido del mismo Señor, cuyos testigos habían sido. Esta doctrina es la Eucaristía (1 Corintios 11,23). ¡De esta manera, estamos conectados directamente con el acontecimiento, y en un tiempo récord! Además, reconocemos en los escritos paulinos la misma fe que la nuestra de hoy, aunque en la actualidad esté más desarrollada. Por eso, un teólogo protestante se ha atrevido a decir que, en el espacio de dos décadas, han pasado más cosas en la Iglesia que en los siete siglos anteriores. ¡Algo extraordinario!

Por otra parte, fíjate bien en que Pablo no se hace pasar por el Buen Dios. En determinados momentos nos dice: «Os he transmitido lo que yo mismo he recibido» (1 Corintios 15,3). «He recibido del Señor lo que a mi vez os he transmitido» (1 Corintios 11,23). En otro momento, precisa: «Por lo que se refiere a las vírgenes, no recibí orden del Señor, pero os doy mi parecer como un hombre que, por la misericordia del Señor, merece confianza (1 Corintios 7,25). El Apóstol juega, pues, claro y sin mezclar unas cosas con otras: lo que procede directamente de Cristo y lo que procede de él. ¡Es digno de todo crédito!

Discúlpame, amigo mío, por estas páginas un poco densas, que tal vez tengas que releer con más tranquilidad y haciéndote ayudar por alguien competente. Pero no podía ser más breve si quería responder a tu pregunta. Es bueno que, al menos una vez en tu juventud, te des cuenta de la seriedad de nuestra fe. Dicho esto, te invito a que leas con cariño y con toda confianza la Escritura. ¡ el novio no lee la carta de su prometida haciendo un estudio de su estilo, y todavía menos buscando las faltas de ortografía!
 
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¿Y si hoy fuera el último día de mi vida?

¿Y si hoy fuera el último día de mi vida?
La muerte maestra de vida I. A la luz de este último día, debemos analizar las decisiones grandes y pequeñas de la vida.

No pretendemos asustar a nadie, al hablar de la muerte. Vamos a considerarla como maestra de vida, vamos a decirle que nos enseñe a vivir. Será una maestra severa, pero nos dice la verdad. Aunque sólo fuera para que no nos ocurra aquello de: ¨cuando pude cambiar todo, arreglar todo, no quise hacerlo; y, ahora que quiero, ya no puedo”.

Vivir como si fuera hoy el último día de mi vida, es una fantástica forma de vivir. A la luz de este último día debiéramos analizar todas las decisiones grandes y pequeñas de la vida. Ahora nos engañamos, hacemos cosas que no nos perdonaremos a la hora de la muerte. Simplemente analiza esto: Si hoy fuera el último día; ¿qué pensarías de muchas cosas que has hecho hasta el día de hoy? En ese último día pensarás de una forma tan radicalmente distinta del mundo, de Dios, de la eternidad, de los valores de esta vida.

Si nosotros no pensamos en la muerte, ella sí piensa en nosotros. Dios nos ha dado a cada uno un cierto número de años, y, desde el día que nacemos, comienza a caminar el reloj de nuestra vida, el que va a contar uno tras otro todos los días, el que se parará el último día, el de nuestra muerte. Este reloj está caminando en este momento. ¿Me encuentro en el comienzo, a la mitad, cerca del final? ¿Quizá he recorrido ya la mitad del camino?

Si alguna vez he visto morir a una persona, debo pensar que por ese trance tengo que pasar yo también. La muerte no respeta categorías de personas: mueren los reyes, los jefes de estado, los jóvenes, los ricos y los pobres. Como decía hermosamente el poeta latino Horacio: “La muerte golpea con el mismo pie las chozas de los pobres y los palacios de los ricos”.

Hay una fecha en el calendario, que sólo Dios conoce, no la conocemos nosotros. La muerte no avisa, simplemente llega. Podemos morir en la cama, en la carretera, de una enfermedad..., algunos hemos tenido accidentes serios; pudimos habernos quedado ahí.

La muerte sorprende como ladrón, según la comparación puesta por el mismo Cristo hablando de la muerte. No es que nos pongamos pesimistas. Él quería que estuviéramos siempre preparados. Sus palabras exactas son: “Vigilad, porque no sabéis el día ni la hora; a la hora que menos penséis, vendrá el Hijo del Hombre”. El ladrón no pasa normalmente tarjeta de visita; llega cuando menos se piensa. Nadie de nosotros tenemos escrito en nuestra agenda: “Tal día es la fecha de mi muerte y la semana anterior debo arreglar todos mis asuntos, despedirme de mis familiares, para morir cristianamente”.

Si somos jóvenes, estamos convencidos de que no moriremos en la juventud; nos sentimos con un gran optimismo vital: “No niego que voy a morir algún día, pero ese día está muy lejano”. Si es uno mayor, suele contestar: “Me siento muy bien”.

La experiencia nos demuestra que cada día mueren en el mundo alrededor de 200 mil personas. Entre ellos hay hombres y mujeres, jóvenes y viejos, y muchos niños. Ningún momento más inoportuno para la cita con la muerte que un viaje de bodas; y, sin embargo, varios han muerto así. Con 20 años en el corazón parece imposible morir, y sin embargo, se muere también a los 20 años. Recuerdo una persona que sacó su boleto de México a Monterrey y sólo caminó 15 kms.

Puesto que hemos de morir sin remedio, no luchemos contra la muerte sino a favor de la vida. Si hemos de morir, que sea de amor y no de hastío.
 
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Dios amigo del hombre.

Dios amigo del hombre.
Nos llegan momentos difíciles que solo la compañía y la compresión de un buen amigo nos conforta, nos arropa y nos da la fuerza para seguir. 



Con el recuerdo de lo que dice el poeta: 

Cuando al rozar las espinas del dolor y desencanto,/ el corazón duele tanto que brota sangre al latir... / y mueren las ilusiones por no tener un abrigo,/ ¡ qué dulce es un pecho amigo que entienda nuestro sufrir!” 

Sabemos que siempre estaremos necesitados de esto porque la vida a veces nos hace llorar y sentirnos tristes y abrumados porque alguien nos lastimó o ciertas circunstancias nos obligaron a pasar por trances dolorosos la pérdida de un ser querido, la ausencia de un ser amado, la soledad , un mal momento económico, las enfermedades, un desamor, un sueño roto... en fin, nos llegan momentos tan difíciles que solo la compañía y la compresión de un buen amigo o amiga nos conforta, nos arropa y nos da la fuerza para seguir... 

Cuando podemos tener ese “regalo de amistad “medicinal” tan sincero y cálido debemos sentirnos privilegiados y lo somos pues nada en este mundo se puede comparar con la dicha de tener “ese amigo” que sabe de nuestro dolor , lo comparte y nos da valor para poder mirar a la vida de frente... ¡ ese amigo o amigos son invaluables ! 

Pero el AMIGO, así con mayúsculas, es Jesús, el Hijo de Dios, el que se hizo hombre para poder conocer mejor nuestro corazón y darnos el apoyo y el amor que necesitamos siempre, pero más, en algunos momentos de nuestra vida. 

Jesús sabía que íbamos a sufrir y por eso se quedó en el Sagrario y por eso y en ese pedacito de pan está su Cuerpo, su Sangre y su Divinidad. 

¡Amigo del hombre ! Pero más amigo, y sabe querer especialmente, a los que sufren, amigo de los enfermos, amigo de los jóvenes que batallan con arrojo para conservarse puros y limpios en este “mar” de sugestiones nocivas y tentaciones de pecado, amigo de los niños, de los que mueren de hambre, de los que están sin libertad a pesar de ser inocentes, de los que no tienen trabajo de los ancianos que viven en olvido y desamor... 

El es el AMIGO que nuca se cansa de esperar, que es fiel, que siempre escucha y que sabe perdonar y hasta disculpa cuando nos alejamos y nos olvidamos de El.... Y El seguirá esperando con el mismo cariño, con la misma ternura para abrazarnos y secar nuestras lágrimas al volver a Él, porque nada hay que se le pueda comparar ya que dando su vida en la cruz, sus brazos están abiertos para recibirnos y sabemos que no hay amor más grande que el que da su vida por un amigo. Es por eso que ÉL, es EL AMIGO MEJOR Y MÁS AMIGO QUE PODEMOS TENER. 

Termino ofreciéndoles estas palabras del P. Ignacio Larrañaga: 

 Llegaste a mi humilde y discretamente, para ofrecerme tu amistad. Me elevaste a tu nivel, bajándote tu al mío, y deseando un trato familiar, pleno de abandono. Quieres que tu amistad sea fecunda y productiva, para mi mismo y para los demás. Dios amigo del hombre. Creador amigo de la creatura. Santo amigo del pecador. Eres el amigo ideal, que nunca falla en su fidelidad y nunca se rehúsa a sí mismo. Al ofrecimiento de tan magnífica amistad, quisiera corresponder como Tú lo esperas y mereces procediendo siempre como tu amigo. Amén”. 
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Gratitud, amor, fidelidad

Gratitud, amor, fidelidad
Un corazón agradecido busca maneras concretas para corresponder a quien nos lo ha dado todo. 



Hemos recibido regalos maravillosos de Dios: su misericordia, su Amor, su Hijo. Esta verdad toca el corazón de cada bautizado, es el centro de nuestra fe, enciende la esperanza, alimenta la caridad.

Cuando abrimos el alma a los dones de Dios, cuando reconocemos que nos libró del pecado, que nos sacó de las tinieblas, que nos condujo a la luz, que nos abrió las puertas del cielo, surge casi espontánea, gozosa, la gratitud.

Desde la gratitud, ¡qué fácil sería vivir los mandamientos, huir del pecado, enraizar en el amor! Porque un corazón agradecido busca maneras concretas para corresponder a quien nos lo ha dado todo.

Vivir a fondo la gratitud nos aparta, por lo tanto, del mal. Muchos de nuestros pecados surgen porque no somos plenamente agradecidos. En otras palabras, casi no haría falta la penitencia (confesión) si viviésemos a fondo la gratitud.

El Concilio de Trento lo explicaba así: “Si tuviesen todos los reengendrados tanto agradecimiento a Dios, que constantemente conservasen la santidad que por su beneficio y gracia recibieron en el Bautismo; no habría sido necesario que se hubiese instituido otro sacramento distinto de este, para lograr el perdón de los pecados” (Los sacramentos de la penitencia y de la extremaunción, capítulo 1).

La debilidad humana, unida a tantas distracciones que nos impiden reconocer y agradecer a fondo lo que significa ser redimidos, explica ese pecado que nos aparta de Dios, que nos hace ofender al prójimo, que nos destruye internamente.

Por eso, uno de los mejores antídotos contra el pecado radica precisamente en la gratitud. La invitación de san Pablo vale para cada generación cristiana: “Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos inspirados. Y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col 3,15b-17).

La gratitud, al mismo tiempo que nos aleja del mal, nos lleva a la fidelidad, a la entrega, a la búsqueda del bien y de la justicia. Quien es agradecido, no traiciona al Amigo.

Somos fieles, perseveramos firme en la fe, avanzamos en el amor, si continuamente damos gracias a Dios “porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 118).
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¡Dios mío y todas mis cosas!

¡Dios mío y todas mis cosas!
Ni el bienestar, ni la fama, ni el amor humano, nada ni nadie, pueden llenar el vacío que se produce en el corazón cuando falta Dios.


Francisco de Asís, uno de los Santos más queridos de la Iglesia, tenía este lema, que se repetía siempre: 

¡Dios mío y todas mis cosas! 

Con ello venía a confesar que lo único que le interesaba en la vida, lo único en que valía la pena pensar, lo único por que se podía aspirar es Dios y nada más que Dios. En Dios tenía toda su riqueza, y fuera de Dios no le decían nada todas las criaturas de este mundo, que, en tanto valen, en cuanto nos llevan a Dios. 

Este mensaje de Francisco es perenne, para todos los lugares y todos los tiempos, para los pueblos igual que para cada persona en particular. 

En nuestros días debe ser más actual que nunca, porque aún están coleteando en el mundo las consecuencias del ateísmo militante, y, además, se nos echa encima un nuevo paganismo.

Hoy contamos ciertas cosas del comunismo ateo con una satisfacción muy grande. Porque, ¡gracias a Dios!, pasaron aquellos años en que estaba proscrita la religión, y el sólo nombrar a Dios ya era un delito penado con la misma muerte. ¿Es posible esto?... ¡Y tan posible! 

Por poner un caso nada más. En la revolución marxista española de 1936, es allanado un apartamento en busca de algún sacerdote. No se encuentra a nadie, porque el Padre que allí había lo supo disimular tan bien, que los milicianos se marchaban tal como habían venido. Lo malo fue que, al despedirse, aquel hombre, de quien no sospecharon, los despidió cortésmente con el simple y tradicional ¡Adiós!... Los rojos entran en sospechas. 

-¿Qué es eso de “adiós”?... Ahora se dice “¡Salud!”... 

Y por aquel ¡adiós! educado que le salió tan espontáneo, el Sacerdote paró ante el pelotón de fusilamiento... Repetimos, ¿es posible que se odie así a Dios?...

Esto fue el comunismo en todas partes. En Rusia, para ir contra Dios, se llegó a dar normas que nos parecen inconcebibles. Por ejemplo, se ordenó que en todas las escuelas se escribiera el nombre de Dios con minúscula. Porque Dios no era un ser divino, singular y personal, sino un producto de la razón, una fantasía ingeniosa, un cuento pasado de moda, una palabra común carente de sentido. 

Sabemos que este hecho fue la última gota que rebasó la paciencia del gran disidente soviético y premio Nobel de Literatura. Descaradamente, se rebeló contra la orden gubernativa de escribir así el nombre de Dios, mientras que había de escribirse con mayúscula el de la policía o cualquier organismo del Estado. Las palabras de este valiente tuvieron resonancia mundial: 
Es el colmo de la mezquindad atea contra la más excelsa fuerza creadora del universo, y ¡no me someteré a esta nueva indignidad!... 

Gracias a DIOS y habremos de escribir con mayúsculas las cuatro letras del nombre bendito, que todo ha cambiado en aquellos países esperanzadores, en los que hoy se vuelve a adorar públicamente a Dios como es debido. El ateísmo oficial hubo de declararse impotente frente a la fuerza interna que el Reino de Dios desarrollaba dentro del pueblo ruso. 

Pero este fenómeno es siempre para nosotros un aviso, una invitación, una exigencia. 

En la vida del hombre, y más en nuestros tiempos de tan grave secularización, se corre el peligro de olvidar a Dios. Más, se correría el peligro de abandonar conscientemente a Dios, si es que Dios llegara un día a estorbar en el disfrute del mundo. Nosotros vemos el peligro del materialismo moderno, y nos preguntamos para prevenirnos: 

- ¿Quién podrá más, Dios o el materialismo que nos rodea? ¿Quién nos seducirá definitivamente, el placer o Dios?...

El grito del salmo: ¿Quién, fuera de Dios?, debe tener en la vida del hombre resonancias fuertes y continuas. Es casi un grito de guerra. La que se libra dentro de cada uno, cuando ve que a su alrededor apostatan muchos del amor de Dios para darse sin freno a las cosas perecederas. 

Ni el bienestar, ni la fama, ni el amor meramente humano, ni nada ni nadie, pueden llenar el vacío que se produce en el corazón cuando falta Dios. 
Lo único que nos llena es ese Dios que satisface nuestra sed de eternidad. 

Un filósofo de la antigüedad griega, después de pasearse por todo el mercado sin haber comprado nada, pronunció su sentencia célebre: 
¡De cuántas cosas no tengo necesidad alguna! Me sobra todo. Me basta la filosofía de mi cabeza... 
El hombre que se contenta con Dios, dice también: ¡No necesito nada! Con Dios tengo bastante...

Serán inmortales los versitos de Teresa de Jesús: 
Quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta. 

Una persona célebre en nuestros tiempos, ciega y sordomuda desde su nacimiento, pero que llegó a una superación sorprendente, lo dijo de manera humilde, aunque profundamente sabia y con dulce poesía:
Yo creo que Dios es para mí como el sol para el color y la fragancia para la flor. Como la luz en las tinieblas y la voz en mi silencio. 
El ¡Dios mío y todas mis cosas! franciscano, es no solamente la aspiración de un Santo. Es, así de sencillo, la experiencia más elemental que dicta el simple sentido común....

P. Federico Vila, Claretiano, mártir en Tarragona. Solsenitzyn. Helen Keller. Sal. 18, 32.
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