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El rosario en un tiempo de distracciones

Vivimos en una cultura que parece empujarnos a estar distraídos y siempre ocupados en una constante actividad.
Así que muchos de nosotros parece que nos sentimos jaloneados en diferentes direcciones, tratando de hacer muchas cosas a la vez, y esto, tanto en nuestro trabajo como en nuestras responsabilidades familiares, y también en nuestros ministerios y en el trabajo que hacemos para la Iglesia. La realización de múltiples tareas a la vez, un concepto que no existía hace una generación, parece haberse convertido en una forma de vida.
Me preocupa a veces que nuestras tecnologías —especialmente los dispositivos como los teléfonos celulares y tabletas— se están convirtiendo en algo más que simples herramientas para ayudarnos a realizar tareas y a hacernos la vida más fácil. Me preocupa que estas tecnologías estén cambiando la forma de pensar y la manera en que experimentamos la realidad.
¿Estamos perdiendo parte de nuestra capacidad de atención, de nuestra capacidad de concentración? ¿Nos estamos volviendo más ansiosos acerca de qué hacer en los “tiempos inactividad” y silencio y en el espacio entre mensajes y “actualizaciones” de estado?
El problema es más antiguo que las nuevas tecnologías. En los manuales de espiritualidad de las generaciones anteriores, esto fue llamado “activismo”, es decir, una mentalidad que afirma que lo principal de la vida es la actividad y el “hacer”.
Esta mentalidad se percibe claramente en los “adictos al trabajo”, esas personas que parecen vivir sólo para trabajar. Pero creo que todos nosotros estamos sujetos a esta tentación, y cada vez más en esta cultura de la comunicación constante.
Creo que todos nosotros conocemos bien esa sensación de quedar atrapados y consumidos por nuestras actividades, incluso de las cosas buenas que estamos haciendo para ayudar a los demás y en servicio del Evangelio.
La tentación es usar nuestro trabajo como una excusa, decir que no tenemos suficiente tiempo para orar. Simplemente, tenemos demasiado qué hacer. El peligro es que llegamos a ver el tiempo que pasamos con Dios como un tiempo desperdiciado, un tiempo que es aburrido o no productivo.
Lo que necesitamos es la plenitud y la integridad en nuestras vidas, un equilibrio entre el trabajo, la oración, el descanso y la recreación. No tenemos por qué rechazar la tecnología o apartarnos de nuestras responsabilidades. Pero tenemos que asegurarnos de que estamos manteniendo las cosas en su perspectiva adecuada.
Hay una expresión de San Agustín: “Mucha fuerza y gran velocidad, pero completamente fuera del camino”.
Eso es lo que pasa con nuestra vida si no estamos arraigados en la oración, en los ritmos naturales de contemplación y conversación con Dios de cada día.
No importa qué tan incansables y generosos podamos ser en nuestro servicio a los demás, no importa cuánto estemos llevando a cabo para la Iglesia en nuestros ministerios, si nuestras vidas no están basadas en la oración, entonces no estaremos viviendo según la manera en que Dios nos llama a vivir.
Una vida sin oración nunca es saludable y esta es una de las razones por las que las personas sufren “colapsos de agotamiento”.
Esto puede ser especialmente cierto por lo que respecta a la Iglesia.
El Papa Francisco nos previene contra el pensar que nuestra misión cristiana puede reducirse a actividades, estructuras o programas. Él dice que el “activismo pastoral” es un “peligro siempre presente”.
“A lo que el Espíritu Santo nos impulsa no es a un activismo ingobernable, sino, sobre todo, …a una atención amorosa”, escribe en la Evangelii Gaudium (“La alegría del Evangelio”).
Octubre es un buen momento para reflexionar sobre esto porque es el mes que la Iglesia dedica al Santo Rosario.
El Rosario es una oración contemplativa. Y todos necesitamos más contemplación, más oración en nuestras vidas.
El Rosario es una oración perfecta para estos tiempos de la distracción, un remedio para el activismo.
Cuando rezamos el Rosario, nuestros pensamientos se centran, con una atención amorosa, en Jesús, en los misterios de su vida, en ese rostro que Dios vuelve hacia nosotros.
El rosario abre nuestros corazones al plan de Dios, a su amorosa voluntad para nuestra vida. Esta oración nos enseña a escuchar y a observar —tal como lo hizo la Virgen María— los signos de los propósitos de la obra de Dios en nuestra vida diaria. Esta oración nos enseña a confiar en Dios y a tratar de hacer su voluntad en nuestras vidas, también a ejemplo de María.
Mientras más reflexionemos acerca de la vida de Jesús, más nos daremos cuenta de que todo lo que hizo tuvo su origen en un momento profundo de oración, en su diálogo de amor con el Padre. Las grandes decisiones, los gestos más importantes, todos fueron realizados después de períodos de intensa y deliberada oración.
Y, por supuesto, Jesús es nuestro modelo. Incluso con todos los deberes y presiones que enfrentamos, todos los días tenemos que hacer tiempo para nuestra relación con Dios.
Con sólo levantarnos 15 minutos más temprano en la mañana podemos obtener el tiempo que necesitamos para comenzar nuestro día con la oración. Por supuesto, eso significa irnos a la cama un poco más temprano, a pesar de que podamos pensar que todavía tenemos trabajo que “hay que hacer”.
Oren por mí esta semana y yo estaré orando por ustedes.
Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María, Nuestra Señora del Rosario, que nos ayude a acercarnos más a Jesús y a parecernos más a él para hacer de la oración el centro de nuestras vidas.


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