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Seréis como dioses

La ambición del hombre le puede conducir al error.


«Seréis como dioses» (Gen 3,5) fue el argumento decisivo que utilizó el demonio para que el primer hombre cayera en la tentación. El error humano, sin embargo, no consistió en querer ser igual a Dios.

En sí mismo esto no está mal; es más, Jesucristo nos invita a imitar a Dios y a ser perfectos como Él (cf. Mt 5,48) ¿A qué otra creatura mejor podríamos dirigir nuestra mirada para buscar asemejarnos? Si Dios es lo que es, entonces debe ser ciertamente el auténtico modelo que nuestra vida. 

¿Cuál fue entonces el error de Adán? Adán tenía una idea equivocada de lo que era Dios. Para él, ser dios significaba ser un patrón, dueño y señor de todo. Para su raquítica medida, la Divinidad era vista como omnipotente, omnisciente, gobernadora de toda la creación: un jefe y ya.

Este sería el concepto que el primer hombre tuvo del Creador; esto fue lo que quiso ser y precisamente en esta concepción reduccionista radicó su error. Adán no reconoció que Dios era en primer lugar y sobre todo Amor, y amor de donación, generosidad, entrega y sacrificio. No supo descubrir que la creación no era sólo un acto de poder y dominio inigualables, sino ante todo un acto de amor gratuito.

El secreto de este primer fracaso por ansiar conseguir cómodamente la felicidad estuvo en esa noción pobre y restringida de lo que era el Creador; y al error conceptual siguió el pecado del espíritu, la hybris (desenfreno).

Muchos siglos después de este relato bíblico, el ser humano no ha cambiado mucho y seguimos tropezando en la misma piedra. Queremos ser como dioses, pero dioses poderosos, justicieros, controladores de las leyes naturales y de la moral a merced de nuestra arbitrariedad y extravagancia. Queremos tener en nuestras manos la decisión sobre la vida, sobre la muerte.

Nuestra ambición se reduce a suplantar el lugar de aquel ser que, visto de modo erróneo, sería poseedor, dueño de todo, alguien que rige el mundo a su antojo; un dios que realmente no existe sino en las historias de la mitología griega: caprichoso, maniático, sensual.

Una visión así de lo Divino es propia de una religiosidad ridícula y pobre; una equivocación que lleva a confundir a los dioses paganos y sus vidas desordenadas y licenciosas con el Dios verdadero, a “Zeus” con Jesucristo. Por eso no podemos descubrir su verdadero rostro.

En medio de esta historia de desaciertos, vemos un claro de luz. Después de tanto bregar por una concepción verdadera de Dios ha tenido que venir Él mismo a decirnos la clave de interpretación de nuestras aspiraciones más profundas y anhelos más íntimos. Jesucristo no vino a darnos una “lectio magistralis” sobre el Creador. 

Simplemente pasó su vida amando y enseñándonos a vivir, a “ser como dioses”. «Dios es amor» (1Jn 4,8). Aquí comenzó una verdadera revolución; la mejor revolución que ha conocido la historia de la humanidad. Si queréis ser como Dios, si queréis ser auténticamente felices, debéis amar
Decía el Papa Benedicto XVI, en la misa de inicio de su pontificado: «No es el poder lo que redime sino el amor. Éste es el distintivo de Dios» (Benedicto XVI, 20 de abril de 2005).

Ya sabemos lo que nos hará felices, ya tenemos el camino trazado, la actitud auténticamente humana: amar. Tan bueno ha sido Nuestro Salvador con nosotros que al mandarnos amar (cf. Jn 13,34), nos orienta, nos “obliga” a ser felices. 
Amad y seréis como dioses, como Dios. Entonces seréis plenamente hijos suyos (cf. Mt 5,45-46).



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