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Cristianos cómodos

En tiempos de calma, necesitamos recordar esa petición que los apóstoles lanzaron a Jesús, al comprobar que su fe era débil y pequeña: “Señor, ¡Auméntanos la fe!”


“No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”. 

Esta recomendación de San Pablo se dirigía a un hombre (Timoteo), que probablemente se encontraba confundido y atemorizado ante la situación de persecución que se había desatado contra los cristianos en los albores del cristianismo. Una persecución que había llevado a Pablo a la prisión, desde donde escribía a su amigo y donde se encontraba esperando su suerte pero sin desconfiar de su fe.

Los tiempos de persecución siempre fueron y han sido tiempos de dura prueba para los seguidores de Cristo. Durante los tres primeros siglos algunos emperadores romanos vieron en la nueva religión una amenaza para la conservación de la paz y trataron de borrarla del mapa usando la estrategia del terror y de la muerte, bañando de sangre los circos y los tribunales romanos, desde el emperador Nerón hasta el emperador Diocleciano.

Durante dos milenios, la estrategia de la persecución y del asesinato de creyentes ha sido recurrente, con tiempos de relativa paz y tiempos de sorprendente violencia. En el siglo XX, la Santa Sede contabilizó un total de 13,400 mártires testigos de la fe. La secuela de persecuciones y de mártires ha seguido siendo una realidad dolorosa, pero al mismo tiempo gloriosa, de nuestra fe. Y se ha cumplido siempre esa frase de Tertuliano, uno de los primeros pensadores cristianos: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. Lo cierto es que durante veinte siglos la Iglesia de Cristo ha enterrado y sigue enterrando a sus perseguidores, con sus imperios y sus ideologías, mientras ella ha permanecido y permanece viva.

Por otra parte, se puede decir que nos ha tocado vivir una época bastante tranquila en este sentido, por lo menos aquí en México. Aunque todos vivimos con angustia la inseguridad y la violencia que brota del crimen organizado, y constatamos cómo sí hay ataques mediáticos en contra de algunos eclesiásticos, lo cierto es que nadie de nosotros, o por lo menos muy pocos, nos sentimos perseguidos por causa de nuestra fe. Estamos, gracias a Dios, muy lejos de los conflictos que provocaron la guerra cristera. Hay hechos aislados, que se han dado en los últimos años, y aunque el panorama podría cambiar, en principio el horizonte parece presagiar relativa calma. Hoy cualquiera puede ir a Misa en paz, sin sentirse amenazado ni inseguro por ello.

Pero la calma también tiene sus peligros, más sutiles, menos evidentes pero igual de fuertes. No mata a la persona pero mata su fe; porque la calma nos va adormilando, nos va anestesiando, nos va debilitando y nos va convirtiendo en cristianos cómodos: cristianos de sillón y de televisión, de domingos sin Dios, de cumplimientos sin compromiso, de fe cómoda y adaptada a los gustos.

En tiempos de calma, necesitamos recordar esa petición que los apóstoles lanzaron a Jesús, al comprobar que su fe era débil y pequeña: “Señor, ¡Auméntanos la fe!” No la fe del credo ni la fe de los dogmas, sino la fe hecha vida, la fe que se aplica a lo ordinario, la fe que necesito cada día para poder mover montañas, si fuese necesario o para trasladar árboles y plantarlos en el mar. La fe suficiente para no dejarnos ganar por el desánimo, por las lamentaciones o por la flojera. La fe necesaria para poder ver claro hacia delante ante el reto de la vida. La fe, en definitiva, que me permita escuchar la voz de Dios por encima de los altavoces del mundo.

Es indudable que nos encontramos ante un momento en que el valor religioso no cotiza tanto en el mercado, en el que los escenarios cambian aceleradamente e imprevisiblemente. Y nos podemos preguntar: en el futuro próximo, inmediato, dentro de diez o de veinte años ¿Habrá sitio para la Iglesia? ¿Habrá lugar para la fe?

En 1950, un famoso escritor y pensador italiano, Romano Guardini, diagnosticaba la situación de entonces con una frase: “la soledad de la fe (en el futuro) será terrible”. El gran peligro que amenaza nuestra fe en los tiempos actuales no es ni el emperador Nerón ni es Osama Bin Laden; el gran peligro de nuestros tiempos es ese espíritu fácil, mezcla de ociosidad, pérdida de tiempo, encerramiento y flojera que nos lanza a buscar soluciones fáciles e inmediatas a las dificultades de la vida, olvidándonos de Dios. Aunque para eso se tenga que creer en el poder de los amuletos, de la magia, de los secretos esotéricos, de las cartas, del espiritismo o incluso del satanismo.

El interés por todo este tipo de cosas ha crecido espectacularmente, en los jóvenes y en los no tan jóvenes. Ofertas de todo tipo encuentran terreno fértil en la vida de muchos caracterizada por una profunda soledad, por situaciones familiares difíciles, o por la incertidumbre ante el futuro. La perdida o el acomodamiento de la fe nos convierte en víctimas fáciles de la manipulación, porque eliminando a Dios de nuestro horizonte, cualquier falso profeta puede ocupar su lugar. Por eso, en estos tiempos de calma, que nos ha tocado vivir, es bueno, también, pedir como los Apóstoles, con humildad: “Señor ¡Auméntanos la fe!”

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