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Una conciencia que siempre habla

Podemos escuchar la voz del mismo Dios, que nos pide romper con el egoísmo, dejar vicios que destruyen, superar miedos que paralizan.


La conciencia nos acompaña siempre, nos habla de mil maneras. Antes de tomar una decisión, para sugerirnos lo que es bueno y para alertarnos sobre lo que es malo. Mientras llevamos adelante nuestros propósitos, como una luz que está siempre a nuestro lado. Después de que hicimos lo que hicimos, como una voz que aprueba o que condena, que pide justicia o que aplaude por el bien realizado.

No podemos olvidar nunca, en el camino de la vida, esa voz interior de la conciencia que puede resultar decisiva, para el bien, si está bien formada, o para la propia ruina y el daño de los seres cercanos, si está herida por deformaciones de gravedad.

La conciencia es esa potencia de juicio que indica, cuando funciona correctamente, dónde está el bien, dónde está el mal, cómo romper con el pecado, cómo avanzar hacia la virtud.

De una manera sencilla y cercana, en la conciencia podemos escuchar la voz del mismo Dios, que nos pide romper con el egoísmo, que nos lanza a dejar vicios que destruyen, que nos exige superar miedos que paralizan.

Si la escuchamos, si la seguimos, podremos entrar en el mundo de la justicia, de la belleza, de la verdad, del bien, del amor que inicia en el tiempo y que dura para siempre.

Quien escucha a su conciencia, quien la acoge en sus buenos consejos, quien la educa a través de lecturas sanas, de la ayuda de personas maduras y buenas, de las luces que Dios ofrece en momentos de oración o simplemente mientras vamos de una habitación a otra, tendrá en ella un faro que ilumina toda la vida, que ayuda a tomar decisiones buenas, que aparta de la oscuridad de las pasiones y de las influencias negativas de falsos amigos. Se adentrará, entonces, en un mundo luminoso y bello, en una existencia llena de alegrías auténticas.

Tener una conciencia buena, sana, fuerte, bien formada, es el camino imprescindible para entrar en el mundo del Evangelio, para vivir en gracia, para crecer en el amor auténticamente cristiano.

Hoy, como siempre, necesitamos valorar el papel de la conciencia, para no sucumbir en un mundo de prisas, de superficialidades, de consumismo, de soberbia. Así tendremos, en esa voz interior de la conciencia, una aliada buena, enérgica y luminosa, en los mil cruces de caminos que pasan ante nuestros ojos mientras seguimos en marcha hacia el encuentro eterno con Dios Padre.

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