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A la vera del camino


Cada ser humano, de una raza o de otra, con o sin pasaporte, sano o enfermo, rico o pobre, tiene su nombre escrito en el corazón de Dios.



Un empresario triunfa. Otros fracasan. Un ingeniero asciende. Otros quedan marginados, quizá no llegan nunca a poner en práctica sus conocimientos. Un matrimonio “luce” entre familiares y amigos. Otros esposos quedan abandonados en una situación de pobreza extrema. Un hombre o una mujer conquistan los primeros lugares en las revistas del corazón. Otros hombres y mujeres viven carcomidos por frustraciones y angustias íntimas que nadie conoce.

A veces pensamos que así es la vida: una competición en la que unos destacan, vencen, gozan, mientras que otros (¿la mayoría?) quedan atrás, sucumben bajo el polvo de la enfermedad, de la pobreza, del desprecio (por errores reales o imaginados), de la depresión o la angustia.

En la gran marcha humana, miles y miles de seres humanos “aparcan” sus vidas a la vera del camino, como si no contasen, como si no fuesen importantes, como si sus cabellos (negros o blancos), sus rostros, sus arrugas o sus ojos tristes no tuvieran ningún lugar en una sociedad que exige, que impone, parámetros de belleza, de fuerza física, de bienestar económicos que pocos alcanzan.

Pero si nuestra mente sabe leer la realidad en su dimensión más rica y más completa, descubrirá que nadie vive a la vera del camino. Porque cada ser humano, de una raza o de otra, con o sin pasaporte, sano o enfermo, rico o pobre, tiene su nombre escrito en el corazón de Dios, vale infinitamente porque tiene su alma invitada a alcanzar el amor eterno.

Es a esta luz cuando descubrimos lo verdaderamente importante, lo noble, lo grande, entre los seres humanos. Porque no vale nada, para entrar en el Reino de los cielos, ganar puestos en Facebook o en las páginas de la prensa que dicen quién asciende y quién desciende.

Vale, en cambio, quien abre su espíritu al amor de Dios, quien se deja perdonar y perdona a su hermano, quien tiende la mano a quien se encuentra en la misma desgracia, quien descubre ese tesoro escondido (cf. Mt 13,44) por el que uno deja de lado las migajas de los aplausos humanos e invierte su corazón y toda su vida para llegar a poseerlo, ya en este mundo y, luego, para siempre, en el cielo.

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