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Hacia la meta eterna

Las verdaderas victorias son aquellas que nos acercan al bien, a la verdad, a la belleza auténtica.




Alcanzar una meta muy deseada, ¿es siempre una victoria? Llegar a poseer algo anhelado desde lo más hondo del alma, ¿nos beneficia, nos perfecciona, nos lleva a la verdadera felicidad, nos permite construir un mundo más justo y más bueno?

Hay momentos en la vida que se presentan como un triunfo, que nos hacen saltar de alegría, que nos permiten celebrar una pequeña fiesta en el alma. Pero si la fiesta se convierte en ocasión de pecado o de injusticia, si la alegría nos aparta de las metas verdaderas y nos encadena a seguridades efímeras, el aparente triunfo se convierte en el inicio de una derrota amarga.

Las verdaderas victorias son aquellas que nos acercan al bien, a la verdad, a la belleza auténtica. No podemos vivir ilusionados por fuegos de artificio que deslumbran pero no llevan a nada sólido ni verdadero. Sólo lo que nos introduce en el mundo de lo eterno, sólo lo que nos acerca a Dios y nos une a los demás seres humanos puede ser visto como victoria auténtica y buena.

Si recordamos esta verdad, podremos relativizar victorias (y derrotas) en el mundo de lo contingente, para concentrar las propias fuerzas en aquellas acciones y virtudes que hacen al mundo un poco más bueno y nos abren las puertas del Reino.

Entonces seremos capaces de usar lo mejor de nuestra mente y de nuestro corazón para vivir según el mensaje del Evangelio, para crecer en el amor auténtico, para caminar cada día con la mirada puesta en la fiesta que nos tiene preparada, desde toda la eternidad, el Padre bueno que habita en los cielos.

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