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A la vera del camino

A la vera del camino

Cada ser humano, de una raza o de otra, con o sin pasaporte, sano o enfermo, rico o pobre, tiene su nombre escrito en el corazón de Dios.



Un empresario triunfa. Otros fracasan. Un ingeniero asciende. Otros quedan marginados, quizá no llegan nunca a poner en práctica sus conocimientos. Un matrimonio “luce” entre familiares y amigos. Otros esposos quedan abandonados en una situación de pobreza extrema. Un hombre o una mujer conquistan los primeros lugares en las revistas del corazón. Otros hombres y mujeres viven carcomidos por frustraciones y angustias íntimas que nadie conoce.

A veces pensamos que así es la vida: una competición en la que unos destacan, vencen, gozan, mientras que otros (¿la mayoría?) quedan atrás, sucumben bajo el polvo de la enfermedad, de la pobreza, del desprecio (por errores reales o imaginados), de la depresión o la angustia.

En la gran marcha humana, miles y miles de seres humanos “aparcan” sus vidas a la vera del camino, como si no contasen, como si no fuesen importantes, como si sus cabellos (negros o blancos), sus rostros, sus arrugas o sus ojos tristes no tuvieran ningún lugar en una sociedad que exige, que impone, parámetros de belleza, de fuerza física, de bienestar económicos que pocos alcanzan.

Pero si nuestra mente sabe leer la realidad en su dimensión más rica y más completa, descubrirá que nadie vive a la vera del camino. Porque cada ser humano, de una raza o de otra, con o sin pasaporte, sano o enfermo, rico o pobre, tiene su nombre escrito en el corazón de Dios, vale infinitamente porque tiene su alma invitada a alcanzar el amor eterno.

Es a esta luz cuando descubrimos lo verdaderamente importante, lo noble, lo grande, entre los seres humanos. Porque no vale nada, para entrar en el Reino de los cielos, ganar puestos en Facebook o en las páginas de la prensa que dicen quién asciende y quién desciende.

Vale, en cambio, quien abre su espíritu al amor de Dios, quien se deja perdonar y perdona a su hermano, quien tiende la mano a quien se encuentra en la misma desgracia, quien descubre ese tesoro escondido (cf. Mt 13,44) por el que uno deja de lado las migajas de los aplausos humanos e invierte su corazón y toda su vida para llegar a poseerlo, ya en este mundo y, luego, para siempre, en el cielo.
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¿Conoces el cuento del leñador?

¿Conoces el cuento del leñador?
¡Cuántas veces estamos tan ocupados con lo que nos parece urgente, que le quitamos tiempo a lo que es realmente importante! 



Hay una anécdota que no por mucho ser contada, siempre mantiene su actualidad, y es la del leñador que fue a buscar trabajo en una finca de árboles madereros. 

La paga era buena, y las condiciones de trabajo excelentes, así que el leñador fue decidido a dar el ciento por ciento para impresionar al patrono.

El primer día el capataz le entregó un hacha, asignándole una zona espesa de árboles. El hombre salió entusiasmado y cortó dieciocho árboles en menos tiempo de lo que dicen berenjena.

El capataz lo felicitó, invitándolo a continuar esforzándose. Muy contento, el leñador se fue bien temprano a la cama, decidido a que el día siguiente mejoraría su propio desempeño.
Bien de madrugada nuestro hombre estaba ya trabajando arduamente en el bosque. Sin embargo, no consiguió cortar más que quince árboles.

“Que raro, debo haberme haber cansado”, pensó, y decidió acostarse apenas anocheció. Al amanecer, salió decidido a batir su marca de dieciocho árboles.

Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad. Y al otro día fueron siete, luego cinco, y el último día estuvo luchando toda la tarde hasta lograr apenas tumbar un segundo árbol.

Muy mortificado, pensando en lo que su capataz le diría, el leñador le contó lo que le estaba pasando, y le juró y perjuró que él se esforzaba hasta el agotamiento.

Fue entonces cuando el capataz le preguntó: “Y tu hacha, ¿cuando la afilaste la última vez?”
“¿Afilarla? ¡Ni siquiera pensé en eso, no perdí tiempo en afilarla, estaba demasiado ocupado cortando árboles!”


Ese cuento me recuerda la vez aquella que Jesús llegó a casa de sus amigos Lázaro, Marta y María, en el poblado de Betania. De inmediato, Marta empezó a afanarse grandemente preparando los manjares y bebidas que quería ofrecerle a Jesús, así como arreglando la mesa con hermosas flores, lavando la mejor vajilla, los cubiertos más finos, planchando el mantel reservado para cuando llegan visitas importantes.

Mientras tanto, María permanecía a los pies de Jesús, escuchando su Palabra, y Marta, desconcertada, con tanto ajetreo y tanto por hacer, urge al Señor que invite a María a ayudarla en los quehaceres domésticos. ¿Y qué le dijo Jesús? “Marta, Marta, tu hermana ha escogido la mejor parte...”

¡Cuántas veces estamos tan ocupados con lo que nos parece urgente, que le quitamos tiempo a lo que es realmente importante! 

Y yo te pregunto, te invito a pensar: ¿Cuál es el hacha de tu vida, esa hacha que no estás tomando tiempo para afilarla? ¿En qué estás ocupando tu tiempo, a qué le estás prestando atención? ¡Tal vez estás tan ocupado en querer lograr cosas, en hacer cosas, en llegar al final del camino y lograr la meta que te has trazado, que te olvidas de disfrutar el paisaje que vas encontrando!

“Busquen primero el Reino de Dios y todo lo bueno que éste supone, y todo lo demás les vendrá por añadidura”, nos dice Jesús.

Aprendamos la lección y pongámosla en práctica en nuestras vidas. Bendiciones y paz.
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Agustín, Santo

Agustín, Santo
Doctor de la Iglesia, 28 de agosto 



Obispo de Hipona y Doctor de la Iglesia

Martirologio Romano: Memoria de san Agustín, obispo y doctor eximio de la Iglesia, el cual, después de una adolescencia inquieta por cuestiones doctrinales y libres costumbres, se convirtió a la fe católica y fue bautizado por san Ambrosio de Milán. Vuelto a su patria, llevó con algunos amigos una vida ascética y entregada al estudio de las Sagradas Escrituras. Elegido después obispo de Hipona, en África, siendo modelo de su grey, la instruyó con abundantes sermones y escritos, con los que también combatió valientemente contra los errores de su tiempo e iluminó con sabiduría la recta fe (430).

Etimológicamente: Agustín = Aquel que es venerado, es de origen latino.

Fecha de canonización: Información no disponible, la antigüedad de los documentos y de las técnicas usadas para archivarlos, la acción del clima, y en muchas ocasiones del mismo ser humano, han impedido que tengamos esta concreta información el día de hoy. Si sabemos que fue canonizado antes de la creación de la Congregación para la causa de los Santos, y que su culto fue aprobado por el Obispo de Roma, el Papa.
San Agustín es doctor de la Iglesia, y el más grande de los Padres de la Iglesia, escribió muchos libros de gran valor para la Iglesia y el mundo. 

Nació el 13 de noviembre del año 354, en el norte de África. Su madre fue Santa Mónica. Su padre era un hombre pagano de carácter violento.

Santa Mónica había enseñado a su hijo a orar y lo había instruido en la fe. San Agustín cayó gravemente enfermo y pidió que le dieran el Bautismo, pero luego se curó y no se llegó a bautizar. A los estudios se entregó apasionadamente pero, poco a poco, se dejó arrastrar por una vida desordenada. 

A los 17 años se unió a una mujer y con ella tuvo un hijo, al que llamaron Adeodato.
Estudió retórica y filosofía. Compartió la corriente del Maniqueísmo, la cual sostiene que el espíritu es el principio de todo bien y la materia, el principio de todo mal.

Diez años después, abandonó este pensamiento. En Milán, obtuvo la Cátedra de Retórica y fue muy bien recibido por San Ambrosio, el Obispo de la ciudad. Agustín, al comenzar a escuchar sus sermones, cambió la opinión que tenía acerca de la Iglesia, de la fe, y de la imagen de Dios.

Santa Mónica trataba de convertirle a través de la oración. Lo había seguido a Milán y quería que se casara con la madre de Adeodato, pero ella decidió regresar a África y dejar al niño con su padre.
Agustín estaba convencido de que la verdad estaba en la Iglesia, pero se resistía a convertirse. 

Comprendía el valor de la castidad, pero se le hacía difícil practicarla, lo cual le dificultaba la total conversión al cristianismo. Él decía: “Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo”. Pero ese “pronto” no llegaba nunca.

Un amigo de Agustín fue a visitarlo y le contó la vida de San Antonio, la cual le impresionó mucho. Él comprendía que era tiempo de avanzar por el camino correcto. Se decía “¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy?”. Mientras repetía esto, oyó la voz de un niño de la casa vecina que cantaba: “toma y lee, toma y lee”. En ese momento, le vino a la memoria que San Antonio se había convertido al escuchar la lectura de un pasaje del Evangelio. San Agustín interpretó las palabras del niño como una señal del Cielo. Dejó de llorar y se dirigió a donde estaba su amigo que tenía en sus manos el Evangelio. Decidieron convertirse y ambos fueron a contar a Santa Mónica lo sucedido, quien dio gracias a Dios. San Agustín tenía 33 años. 

San Agustín se dedicó al estudio y a la oración. Hizo penitencia y se preparó para su Bautismo. Lo recibió junto con su amigo Alipio y con su hijo, Adeodato. Decía a Dios: “Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte”. Y, también: “Me llamaste a gritos y acabaste por vencer mi sordera”. Su hijo tenía quince años cuando recibió el Bautismo y murió un tiempo después. Él, por su parte, se hizo monje, buscando alcanzar el ideal de la perfección cristiana.

Deseoso de ser útil a la Iglesia, regresó a África. Ahí vivió casi tres años sirviendo a Dios con el ayuno, la oración y las buenas obras. Instruía a sus prójimos con sus discursos y escritos. En el año 391, fue ordenado sacerdote y comenzó a predicar. Cinco años más tarde, se le consagró Obispo de Hipona. Organizó la casa en la que vivía con una serie de reglas convirtiéndola en un monasterio en el que sólo se admitía en la Orden a los que aceptaban vivir bajo la Regla escrita por San Agustín. Esta Regla estaba basada en la sencillez de vida. Fundó también una rama femenina.
Fue muy caritativo, ayudó mucho a los pobres. Llegó a fundir los vasos sagrados para rescatar a los cautivos. Decía que había que vestir a los necesitados de cada parroquia. Durante los 34 años que fue Obispo defendió con celo y eficacia la fe católica contra las herejías. Escribió más de 60 obras muy importantes para la Iglesia como “Confesiones” y “Sobre la Ciudad de Dios”. 

Los últimos años de la vida de San Agustín se vieron turbados por la guerra. El norte de África atravesó momentos difíciles, ya que los vándalos la invadieron destruyéndolo todo a su paso. 

A los tres meses, San Agustín cayó enfermo de fiebre y comprendió que ya era el final de su vida. En esta época escribió: “Quien ama a Cristo, no puede tener miedo de encontrarse con Él”. 

Murió a los 76 años, 40 de los cuales vivió consagrado al servicio de Dios.

Con él se lega a la posteridad el pensamiento filosófico-teológico más influyente de la historia.
Murió el año 430.

¿Qué nos enseña su vida?
  • A pesar de ser pecadores, Dios nos quiere y busca nuestra conversión.



  • Aunque tengamos pecados muy graves, Dios nos perdona si nos arrepentimos de corazón.



  • El ejemplo y la oración de una madre dejan fruto en la vida de un hijo.



  • Ante su conflicto entre los intereses mundanos y los de Dios, prefirió finalmente los de Dios.



  • Vivir en comunidad, hacer oración y penitencia, nos acerca siempre a Dios.



  • A lograr una conversión profunda en nuestras vidas.



  • A morir en la paz de Dios, con la alegría de encontrarnos pronto con Él.

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    Recomenzar

    Recomenzar
    ¿Es posible mirar al futuro con esperanza cuando el presente aparece complicado y oscuro? 



    ¿Es posible recomenzar después de un fracaso? ¿Es posible iniciar el esfuerzo de cada día en medio de una enfermedad dolorosa? ¿Es posible mirar al futuro con esperanza cuando el presente aparece complicado y oscuro?

    La vida desgasta. El peso del pasado deja un lastre de polvo y de desilusiones que ahogan el corazón. Entonces el miedo y la desgana paralizan la voluntad y llegan incluso a oscurecer a la mente. No vemos nada claro, no encontramos ningún sentido a una nueva lucha, nos faltan fuerzas para tomar el arado y seguir adelante.

    Algunas derrotas surgen desde circunstancias y decisiones de otros. Pero otras derrotas inician en lo más profundo de la propia alma. Hay generales con ejércitos bien armados que sucumben a la hora del combate porque la angustia ha penetrado en sus almas. Hay hombres y mujeres sanos que podrían traer cada día un salario limpio a sus hogares y que no llegan a levantarse de la silla para buscar, una vez más, un puesto de trabajo.

    Recomenzar es posible siempre que vibre en el propio corazón un deseo, un proyecto, un propósito para conquistar nuevas metas, para llegar a objetivos deseados, para extirpar defectos y sembrar virtudes.

    Para el cristiano, siempre es posible recomenzar. Porque existe un Dios que se interesa por cada uno de sus creaturas. Porque un Padre no deja de serlo tras el pecado de sus hijos. Porque Cristo vino precisamente no para los sanos, sino para los enfermos. Porque el Espíritu Santo actúa incesantemente en la historia humana, enciende fuegos en los inviernos más prolongados, fortalece a quienes yacen cansados en la vera del camino.

    Recomenzar. Desde donde ahora me encuentro, con mis pocas fuerzas y mis muchas esperanzas, muy apoyado en la gracia de Dios. Recomenzar, consciente, como san Pablo, de que “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13).

    Recomenzar, porque vale la pena un nuevo esfuerzo para ayudar a los míos, para servir al enfermo, para consolar al triste. Recomenzar, con un nuevo ímpetu que nos acerque a la Patria verdadera, donde podremos sentarnos un día, con miles y miles de hermanos nuestros, en el gran banquete de bodas del Cordero.
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    ¿Cómo es nuestro Dios?

    ¿Cómo es nuestro Dios?
    Creaste todas las cosas. Pero te muestras en un pedacito de pan. ¿Por qué no podemos verte y reconocerte en toda tu majestad? 


    "...aparentas no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse". 


    Nuestro Dios es un Dios diferente a todo cuanto podamos pensar o imaginar. Es amable y bueno, misericordioso, paciente. "El Señor es ternura compasión, lento a la cólera y lleno de amor"... "Él perdona todas tus ofensas y te cura de todas tus dolencias". Le gusta con nosotros ir despacio, en la medida de nuestros pasos. Deja crecer el trigo con la cizaña para no dañar el trigo. Paciencia. Ya vendrá el día en que separará lo bueno de lo malo. 

    Hace poco conducía mi auto y recordé que en el Santuario Nacional del Corazón de María tenían expuesto al Santísimo. Así que me desvié del camino para pasar a saludarlo. 

    - Eres Dios -le decía -. Creaste todas las cosas. Pero te muestras en un pedacito de pan. ¿Por qué no podemos verte y reconocerte en toda tu majestad? 

    Entonces, por respuesta, vino a mi mente un pasaje de la Biblia:

    "Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y los llevó a ellos solos a un monte alto. A la vista de ellos su aspecto cambió completamente, incluso sus ropas se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo sería capaz de blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: ´Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Levantemos tres chozas: una para Ti, otra para Moisés, otra para Elías´. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban aterrados". (Marcos 9, 2-6)
    Jesús mío, ¿qué pasaría si te viésemos como realmente eres? Seguramente también quedaríamos aterrados, sin saber qué decir o hacer. Tu divinidad es demasiado para un simple mortal. 

    Qué bueno eres, que te muestras tan sencillo y humilde, en algo que nos es familiar, a lo que no tememos; y que podemos, confiados, acercarnos a Ti. "Tú eres un Dios al que le gusta esconderse..." (Is 45,15)

    Me ocurre a mí, que siento tu presencia; sé que estás allí, pero me acerco tranquilo, como si estuviera en medio de mi familia. Me siento cómodo cuando estoy contigo. No te veo como el Juez implacable que vendrá para juzgar a las naciones, sino como el Amigo Bueno, que se ha quedado con nosotros para darnos la salvación eterna.
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    2 + 2 = 5, 6 ó incluso 7.

    2 + 2 = 5, 6 ó incluso 7.
    Si quieres hacer algo grande, maravilloso y duradero en tu vida, busca un buen equipo.



    “Si quieres hacer algo bien, hazlo tú mismo” ¡Qué frase tan contundente, tan directa, tan sencilla y tan... errónea!

    Hay una mejor: si quieres hacer algo grande, maravilloso y duradero, busca un buen equipo. Jim Collins juntó un grupo de expertos para analizar la trayectoria de las mayores empresas estadounidenses. Quería saber de qué manera se las habían arreglado para triunfar. Se preguntaba con qué embrujo o hechizo vudú habían podido llegar tan alto en el mundo empresarial. El resultado lo publicó en un libro que llegó a ser un bestseller rápidamente. Se trata de “Good to Great: why some companies make the leap... and others don´t” (Collins Business, 2001). 

    Uno de los principios que él descubrió en casi la totalidad de estas megacompañías multimillonarias fue: antes de saber a dónde quieres ir, rodéate primero de un buen equipo de personas que te acompañen. Es lo mismo que dijo John D. Rockefeller, el hombre más rico del mundo en su momento, con otras palabras: “Me pueden quitar todas mis empresas y todo mi dinero. Déjenme mis hombres y volveré a remontar hasta donde he llegado”.

    Todo esto no se trata sólo de dinero. Es mucho más. Desde que nacemos dependemos de otras personas. Nuestra mamá nos alimenta y cuida. Entre nuestros familiares aprendemos costumbres, una lengua, una cultura. En la escuela, la maestra nos enseña matemáticas, y los amigos nos enseñan cómo ponerle los nervios de punta a la maestra. Vamos haciendo parte de muchos “equipos”. El equipo de nuestra familia, el equipo de nuestros amigos, el equipo deportivo de la escuela. 

    Pero llega el momento en que todos nos sentimos independientes, intocables e imbatibles. Los años pasan y queremos la autonomía total. Caemos en la trampa de formular ese letal dogma interno: “Si quieres hacer algo bien, hazlo tú mismo.”

    Así como las grandes empresas que Collins analizó, las grandes vidas son las que se unen a buenos equipos. Son las que llegan a deducir esta extrañísima ecuación matemática: que 2 + 2 es igual a 5, 6, 7 e incluso más mientras mejor se vive la magia del “espíritu de equipo”. Un equipo unido es algo muy especial, porque no es simplemente la suma de cada uno de sus miembros. Es, más bien, la multiplicación de los esfuerzos de manera tal que se es mucho más eficaz de cuanto se pudiera ser si cada uno obrara en manera individual.

    ¿Han visto alguna vez un juego de fútbol donde no parece que son 11 jugadores contra otros 11, sino que son unos 15 contra 11? Pareciera que por cada jugador de un equipo hay dos del contrario, que brotaran defensas y atacantes hasta de la tierra. Pero al contarlos bien, resulta que todo está como la FIFA manda. ¿Qué pasa entonces? Esos “jugadores extras” son la capacidad de compaginarse de los atletas, son la eficacia de un buen espíritu de equipo puesto en práctica.

    Si Napoleón Bonaparte, en vez de haber sido uno de los mayores líderes individualistas de todos los tiempos, hubiera jugado en equipo, tal vez su imperio no se hubiera deshecho tan rápidamente. En cambio, otro de los mayores líderes de la historia creó un buen equipo de 12 miembros principales. Los escogió. Los formó. Les aguantó sus limitaciones. Pero la obra que creó, la Iglesia Católica, lleva casi 2000 años de constante crecimiento. ¡Toda una obra maestra del espíritu de equipo!



    ¡Vence el mal con el bien!
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    Bartolomé, el hombre que se entusiasmó por Cristo

    Bartolomé, el hombre que se entusiasmó por Cristo


    Si dejas a Dios de veras entrar en tu corazón, todo lo que anhelabas, esperabas, deseabas, se convertirá en realidad. 


    Vamos a contemplar en la figura del Apóstol Bartolomé el entusiasmo por Cristo de un hombre que poco antes, ante las palabras de Felipe, había dicho: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?

    San Juan nos trasmite una historia bellísima en el relato de la vocación de los primeros discípulos (Jn 1, 45-51). Felipe, a quien poco antes el Señor había llamado a su seguimiento, se encuentra con Natanael y le dice lleno de gozo: AAquel de quien, escribió Moisés en la ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret. El bueno de Natanael le responde con un cierto aire de desconfianza: ¿De Nazaret puede haber cosa buena?. Poco después tras el encuentro de Jesús y Natanael, éste último exclama con ilusión y fuera de sí: "Rabbi, tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel", y todo porque el Maestro le había dicho que lo había visto debajo de la higuera. Parece una escena surrealista, pero encierra una gran verdad, que vamos a comentar.


    ¿De Nazaret puede haber cosa buena? (Jn 1,46). Natanael, tal vez acostumbrado ya a tantos falsos mesías que habían salido como estrellas fugaces en la historia del pueblo de Israel, se extraña de aquellas palabras tan encendidas de Felipe en las que le comunica que un tal Jesús, de Nazaret, hijo de José, es el anunciado por Moisés y los profetas. No es rara esta experiencia para el hombre de hoy y de siempre, que lo ha esperado todo de todo y de todos y casi siempre se ha visto a sí mismo sorprendido por la inconsistencia de las cosas. Por eso, Natanael se sorprende y responde con esa pregunta: ¿De Nazaret puede haber cosa buena?.

    Este tipo de repuestas se encuentran en los labios de muchos hombres de hoy a propósito de cualquier nueva proposición de dicha ofrecida por la sociedad o por un amigo. La desilusión y la desconfianza se han instalado en ese corazón ya un poco seco y pasota del hombre moderno.

    "Rabbí, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel" (Jn 1,49). Después de que Felipe le invite a acercarse a Cristo y de que Cristo hable de su honradez y rectitud, son esas palabras de Cristo: "Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi", (Jn 1,48), las que mueven de una forma terrible el interior de Natanael y en un grito de admiración y de reconocimiento llama a Jesús "Hijo de Dios". 

    Para Natanael, tal vez un inquieto rabino o estudioso de las Escrituras, de repente la vida se ha iluminado con la presencia de aquel hombre que le ha presentado su amigo Felipe. En él ha encontrado de repente y de golpe a quien buscaba y lo que buscaba en una armoniosa síntesis. Es como si una vida ya al borde del desencanto se encontrara de repente con esa verdad que lo explica todo y llena de paz y felicidad el corazón. Todavía no sabe cómo, pero Natanael intuye que aquel hombre va a colmar todas sus expectativas.

    "Has de ver cosas mayores" (Jn 1,50). Jesús le anuncia que aquella primera experiencia se va a multiplicar. Es como si le dijese: si dejas a Dios de veras entrar en tu corazón, todo lo que anhelabas, esperabas, deseabas, se convertirá en realidad. Y es que Dios es mucho más de lo que el hombre puede imaginarse. En realidad la felicidad que el hombre busca no es nada al lado de lo que Dios le ofrece. Dios siempre supera toda expectativa, todo deseo, toda esperanza. Natanael, el desconfiado, de repente ha quedado cogido por Cristo y un sentimiento de entusiasmo se apodera de él. En adelante será un don, una gracia, un privilegio servir a aquel Maestro que ya le había visto cuando estaba debajo de la higuera. 

    Si nosotros dejáramos a Dios entrar en nuestro corazón a fondo, si nosotros hiciéramos una experiencia auténtica de Dios, si nosotros nos liberáramos del miedo a abrir las puertas del corazón a Dios, también diríamos, llenos de entusiasmo y gozo, "Rabbí, Tú eres el Hijo de Dios".



    Este Apóstol, con su admiración por Cristo, nos puede enseñar a nosotros, hombres de hoy, una serie de actitudes muy necesarias frente a las cosas de Dios, pues a lo mejor es posible que nuestra vida espiritual y religiosa esté impregnada de modos fríos, racionalistas, calculadores, lejanos todos ellos de ese talante alegre, cordial y humano que debe caracterizarnos como hijos de Dios. Hay que decir que a veces el debilitamiento en la fe de muchos hermanos nuestros ha sido culpa de no ver en la religión a una persona, sino sólo un conjunto de principios y normas. Si nuestra religión no es Cristo, si el porqué de nuestra fidelidad no es su Persona, si en cada mandamiento no vemos el rostro de Jesús, la religión terminará agobiándonos, porque se convertirá en un montón de deberes, sin relación a Aquél a quien nosotros queremos servir. Vamos, pues, a exponer algunas de las características que deben brillar en la vivencia de nuestra fe y de nuestros deberes religiosos.

    Si Cristo, don de Dios al mundo, es lo mejor para el hombre, entonces es imposible no vivir con gozo y alegría profunda la fe, es decir, la relación personal del hombre con Dios. Muchas veces los cristianos con nuestro estilo de vivir la fe, marcado por la tristeza, la indiferencia, el cansancio, estamos demostrando a quienes buscan en nosotros un signo de vida una profunda contradicción. El cristianismo es la religión de la alegría y no puede producir hombres insatisfechos. Al revés, la religión vivida de veras, como fe en Jesucristo, confiere al hombre plenitud, gozo, ilusión. Frente a todas las propuestas de felicidad, que terminan con el hombre en la desesperación, Cristo es la respuesta verdadera que no sólo no engaña sino que colma mucho más de lo esperado. Esta certeza debe reflejarse en nuestro rostro, rostro de resucitados, rostro de hombres salvados.

    Si Cristo está vivo y es Hijo de Dios, mi relación con él tiene que ser mucho más personal, cercana e íntima. Tal vez ha faltado en muchas educaciones religiosas ese acercamiento humano a la figura de Cristo, un acercamiento que nos permite establecer con él una relación más cordial y sincera, como la que se tiene con un amigo. Es fácil comprender por qué con frecuencia la vida de oración de muchos creyentes es árida, seca, distraída. No se entra en contacto con la Persona, sino sólo tal vez con una idea de Dios, aun dentro del respeto y de la veneración. De ahí el peligro para muchos hombres de racionalizar la misma oración, convirtiéndola en reflexión religiosa, pero no en experiencia de Dios. Lógicamente la fe se empobrece mucho así. Y no debe ser así. La fe ha de ser vivida como experiencia personal de Cristo, y por tanto en un clima de cordialidad y de cercanía.


    Si Cristo es, en fin, la esperanza del mundo, de la que hablaron Moisés y los profetas, entonces hay que vivir en la práctica la fe con seguridad y convencimiento. Podemos dar la impresión los cristianos de que creemos en Cristo, pero no lo suficiente como para abandonar otros caminos de felicidad al margen de él, de su Evangelio, de su Persona. Y esto en la vida se convierte en una contradicción práctica. Aparentamos tener lo mejor, pero nos cuidamos las espaldas teniendo reemplazos. Es como si afirmáramos que tal vez la fe en Cristo no es del todo segura y cierta, que tal vez él nos puede fallar. El mundo necesita de nosotros hoy la certeza de nuestra fe, una certeza que nos lleve a quemar los barcos, porque ya no los necesitamos, seguros como estamos de que hemos elegido la mejor parte.


    Conclusión. Cómo se necesita en estos momentos en nuestra vida de cristianos y creyentes estas características en nuestra relación con Dios: un estilo de fe lleno de gozo y de entusiasmo, una relación con Dios cercana y cordial, una certeza absoluta de Dios como lo mejor para el hombre de hoy. En esta sociedad en que por desgracia la fe se ha convertido en una carga, hacen falta testigos vivos de un Evangelio moderno y verdadero. En este mundo en que falta alegría en muchos cristianos que viven un poco a la fuerza su fe, hacen falta rostros alegres porque saben vivir su religión en la libertad. Y en este peregrinar hacia la eternidad en el que muchos creyentes miran hacia atrás acordándose de lo que dejan, hacen falta hombres que caminen con seguridad y certeza, sin volver los ojos atrás, hacia el futuro que Dios nos promete.
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    Una palabra que hace maravillas

    Una palabra que hace maravillas
    Cada día es una oportunidad para que nosotros también pronunciemos un "sí" lleno de amor a Dios, en las pequeñas y grandes cosas.




    Fiat. Hágase. Con esta palabra Dios creó el mundo, con todas sus maravillas. La tierra y el cielo, los astros, las aguas, las plantas, los animales, el hombre. “Y vio que era bueno”(cf. Gn 1). El hombre canta con el salmista al contemplar la creación: ¡Grandes y admirables son tus obras Señor! Esta primera creación, Dios la realizó sin depender de nadie. Por amor lo quiso así y creó con su libre voluntad. 

    Al hombre lo creó “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26), y le dio el don de la libertad. Lo hizo capaz de responder ´sí ´ o ´no´ a su voz. Y el hombre pecó, se dejó engañar por la serpiente y le volvió la espalda a su Dios. Entonces, de nuevo movido por el amor, Dios emprendió la obra de una nueva creación, una segunda creación: decidió salvar al hombre del pecado. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3, 16).

    El fiat de María fue la segunda la segunda creación, la obra redentora del hombre, provoca en nosotros un asombro aún mayor que la primera. Porque ahora Dios no quiso actuar por sí solo, aunque podía hacerlo así. Prefirió contar con la colaboración de sus creaturas. Y entre ellas, la primera de la que quiso necesitar fue María. ¡Atrevimiento sublime de Dios que quiso depender de la voluntad de una creatura! El Omnipotente pidió ayuda a su humilde sierva. Al ´sí´ de Dios, siguió el ´sí´ de María. Nuestra salvación dependió en este sentido de la respuesta de María. 

    San Lucas, en el capítulo 1 de su Evangelio, traza algunas características del asentimiento de la Virgen. Un fiat progresivo, en el que el primer paso es la escucha de la palabra. El ángel encontró a María en la disposición necesaria para comunicar su mensaje. En la casa de Nazaret reinaban la paz, el silencio, el trabajo, el amor, en medio de las ocupaciones cotidianas. Después la palabra es acogida: María la interioriza, la hace suya, la guarda en su corazón. Esa palabra, aceptada en lo profundo, se hace vida. Es una donación constante, que no se limita al momento de la Anunciación. Todas las páginas de su vida, las claras y las oscuras, las conocidas y las ocultas, serán un homenaje de amor a Dios: un ´sí´ pronunciado en Nazaret y sostenido hasta el Calvario. El fiat de María es generoso. No sólo porque lo sostuvo durante toda su vida, sino también por la intensidad de cada momento, por la disponibilidad para hacer lo que Dios le pedía a cada instante.

    Como Dios quiso necesitar de María, ha querido contar con la ayuda que nosotros podemos prestarle. Como Dios anhelaba escuchar de sus labios purísimos “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), Dios quiere que de nuestra boca y de nuestro corazón brote también un ´sí´ generoso. Del fiat de María dependía la salvación de todos los hombres. Del nuestro, ciertamente no. Pero es verdad que la salvación de muchas almas, la felicidad de muchos hombres está íntimamente ligada a nuestra generosidad.

    Cada día es una oportunidad para que nosotros también pronunciemos un fiat lleno de amor a Dios, en las pequeñas y grandes cosas. Siempre decirle que sí, siempre agradarle. El ejemplo de María nos ilumina y nos guía. Nos da la certeza de que aunque a veces sea difícil aceptar la voluntad de Dios, nos llena de felicidad y de paz.

    Cuando Dios nos pida algo, no pensemos si nos cuesta o no. Consideremos la dicha de que el Señor nos visita y nos habla. Recordemos que con esta sencilla palabra: fiat, sí, dicha con amor, Dios puede hacer maravillas a través de nosotros, como lo hizo en María.
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    Ceremonias ateas de más o menos solemnidad

    Ceremonias ateas de más o menos solemnidad
    El ateismo, sea a nivel mundial sea a nivel local, se va organizando y con ello también organizando su propio proselitismo


    Van quedando lejanos los tiempos en los que el ateismo era cosa de unos pocos, pero muy pocos, cosa de élites intelectuales envenenadas por autores como Feuerbach, Freud o Nietzsche pero que no trascendía al común de los mortales, normalmente sin tantas pretensiones intelectuales, los cuales como mucho se consideraban agnósticos por no saber o no querer dar una respuesta al tema de Dios. A lo largo del siglo XX el fenómeno del ateismo ha ido creciendo y, lo que para mi gusto es peor, se ha ido organizando. 

    Por supuesto todos tienen derecho a organizarse, creyentes y no creyentes, no faltaba más, pero da pena ver organizaciones con fines tan poco útiles para el ser humano. Porque, respetando la libertad de conciencia de cada uno, suscribo sin ambages lo que decía años atrás el buen Cardenal De Lubac en su “Drama del humanismo ateo”: “No es verdad que el hombre... no pueda organizar la tierra sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no puede, en fin de cuentas, más que organizarla contra el hombre; el humanismo que excluye a Dios es un humanismo antihumano”.

    Pero dejando las consideraciones teóricas -por otro lado de gran importancia si lo que cuenta de verdad es el bien del ser humano, su felicidad y la respuesta a los interrogantes de su corazón- vuelvo a la constatación de cómo el ateismo, sea a nivel mundial sea a nivel local, se va organizando y con ello también organizando su propio proselitismo. Desde cosas tan puntuales pero significativas como los autobuses ateos, a los cuales parece que salió el tiro por la culata, hasta otras iniciativas de mayor calado como asociaciones, foros, fundaciones, etc., las cuales se hacen cada vez más activas en política para ir cambiando poco a poco algunos aspectos poco seculares de la cultura occidental (con el Islam no se atreven, por si salen escaldados).

    En Estados Unidos, un país de profunda religiosidad, son especialmente activos, presionando todo lo que pueden a través de la vía jurídica para eliminar cosas como el día nacional de la oración, el “In God we trust” y cosas similares. En Inglaterra están promoviendo la creación de escuelas públicas laicas, sin ningún tipo de clase de religión, lo cual el nuevo gobierno británico ha dicho que va a estudiar con detenimiento. En España, personajes que antaño fueron católicos fervientes, se han convertido en teóricos del laicismo ateo e influyen no poco en la cultura nuestra actual.

    Todas estas constataciones no dejan de tener su parte triste, pero ésta es superada ampliamente por la esperanza cristiana, que nos ayuda a no desanimarnos ante las dificultades, convencidos de la necesidad que el hombre tiene de Dios. 

    Pero el tema del artículo es menos profundo, pues estamos en verano, hace calor y es más fácil leer algo ligero. El ateismo de hoy en día tiene también una parte ritual que se está convirtiendo hasta en folklórica. La primera muestra la tenemos en una curiosa ceremonia sobre la que he leído nada menos que en FOXNews, por lo que no es algo inventado. Se trata del director jurídico de la asociación de ateos americanos, Edwin Kagin, el cual es famoso en aquellas tierras por sus escritos y por la organización anual de campamentos ateos para jóvenes, gran apóstol del ateismo americano. 

    El buen señor ahora ha tenido la ocurrencia de hacer una ceremonia pública de “desbautismo”, para simbolizar los que no quieren estar bautizados, y lo ha hecho nada menos que con un secador de pelo, secándole a la gente la cabeza para significar el quitar las aguas del bautismo. Para ello se ha vestido con una túnica monacal y ha dicho fórmulas imitando el latín, que por supuesto no conoce. De traca. Obviamente lo ha hecho para llamar la atención de los medios de comunicación, pero no deja de llamar la atención la celebración de una ceremonia tan peregrina y el hecho que, si no tiene reminiscencias religiosas, no es ceremonia. Y como se suele cumplir aquello de "en casa de herrero cuchillo de palo", el hijo de este señor se hizo ya hace unos años cristiano evangélico y ahora es ministro de una iglesia, para mayor disgusto de su padre.

    En España todavía no las tenemos, gracias a Dios. Las que empezamos a tener aquí y allá son las de “bautismos” laicos. Han sido pocas y tan ridículas que difícilmente cuajarán entre la gente, sobre todo si hay que pagar, pero no faltan algunos profundamente ideologizados que con ello creen poner una pica en Flandes cuando en realidad pierden el tiempo.
    ¿Se acabará publicando un sacramentario ateo? ¿Se creará alguna cátedra de “liturgia” atea en la universidad Carlos III o en otras? ¿Se nombrará un maestro de ceremonias ateo en cada ayuntamiento? Quién sabe, el tiempo lo dirá. La capacidad de asombro de muchos, entre los que me encuentro, cada vez va disminuyendo. Una vez más no es algo nuevo, ya decía Don Quijote aquello de “cosas veredes, amigo Sancho...” 
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    Dios tiene un lugar para nosotros

    Dios tiene un lugar para nosotros
    Después de la muerte, nada de lo que es precioso y querido se arruinará, sino que encontrará plenitud en Dios. 


    Fragmentos de la homilía pronunciada por el Papa Benedicto XVI, en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen, 15 Agosto 2010


    Queridos hermanos y hermanas,

    Hoy la Iglesia celebra una de las más importantes fiestas del año litúrgico dedicadas a María Santísima: la Asunción. Al término de su vida terrena, María fue llevada en alma y cuerpo al Cielo, es decir, a la gloria de la vida eterna, en la comunión plena y perfecta con Dios.

    (...)

    Éste es, por tanto, el núcleo de nuestra fe en la Asunción: nosotros creemos que María, como Cristo su Hijo, ya ha vencido la muerte y triunfa ya en la gloria celestial en la totalidad de su ser, “en alma y cuerpo”.

    (...)

    Por tanto nos podemos preguntar: ¿cuáles son las raíces de esta victoria sobre la muerte anticipada prodigiosamente en María? Las raíces están en la fe de la Virgen de Nazaret, como atestigua el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (Lc 1,39-56): una fe que es obediencia a la Palabra de Dios y abandono total a la iniciativa y a la acción divina, según cuanto le anuncia el arcángel. La fe, por tanto, es la grandeza de María, como proclama gozosamente Isabel: María es “bendita entre las mujeres”, “bendito es el fruto de su vientre” porque es “la madre del Señor”, porque cree y vive de forma única la “primera” de las bienaventuranzas, la bienaventuranza de la fe. 

    Isabel lo confiesa en su alegría y en la del niño que salta en su seno: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (v. 45).

    ¡Queridos amigos! No nos limitemos a admirar a María en su destino de gloria, como una persona muy alejada de nosotros: ¡no! Somos llamados a mirar lo que el Señor, en su amor, ha querido también para nosotros, para nuestro destino final: vivir a través de la fe en la comunión perfecta de amor con Él y vivir así verdaderamente.

    (...) Todos nosotros hoy somos bien conscientes de que con el término “cielo” no nos referimos a un lugar cualquiera del universo, a una estrella o a algo parecido: no. Nos referimos a algo mucho más grande y difícil de definir con nuestros limitados conceptos humanos. 

    Con este término “cielo” queremos afirmar que Dios, el Dios que se ha hecho cercano a nosotros no nos abandona ni siquiera en la muerte y más allá de ella, sino que tiene un lugar para nosotros y nos da la eternidad; queremos afirmar que en Dios hay un lugar para nosotros. 

    Para comprender un poco más esta realidad miremos a nuestra propia vida: todos nosotros experimentamos que una persona, cuando muere, sigue subsistiendo de alguna forma en la memoria y en el corazón de aquellos que la conocieron y amaron. Podríamos decir que en ellos sigue viviendo una parte de esa persona, pero es como una “sombra” porque también esta supervivencia en el corazón de los propios seres queridos está destinada a terminar. Dios en cambio no pasa nunca y todos nosotros existimos por razón de Su amor. Existimos porque Él nos ama, porque Él nos ha pensado y nos ha llamado a la vida. Existimos en los pensamientos y en el amor de Dios. 

    Existimos en toda nuestra realidad, no sólo en nuestra “sombra”. Nuestra serenidad, nuestra esperanza, nuestra paz se fundan precisamente en esto: en Dios, en Su pensamiento y en Su amor, no sobrevive sólo una “sombra” de nosotros mismos, sino que en Él, en su amor creador, somos guardados e introducidos con toda nuestra vida, con todo nuestro ser en la eternidad.

    Es su Amor que vence la muerte y nos da la eternidad, y es este amor lo que llamamos “cielo”: Dios es tan grande que tiene también sitio para nosotros.

    Y el hombre Jesús, que es al mismo tiempo Dios, es para nosotros la garantía de que ser-hombre y ser-Dios pueden existir y vivir eternamente uno en el otro. Esto quiere decir que de cada uno de nosotros no seguirá existiendo sólo una parte que nos viene, por así decirlo, arrancada, mientras las demás se arruinan; quiere decir más bien que Dios conoce y ama a todo el hombre, lo que somos. Y Dios acoge en su eternidad lo que ahora, en nuestra vida, hecha de sufrimiento y amor, de esperanza, de alegría y de tristeza, crece y llega a ser. 

    Todo el hombre, toda su vida es tomada por Dios y, purificada en Él, recibe la eternidad. ¡Queridos Amigos! Yo creo que esta es una verdad que nos debe llenar de profunda alegría. El Cristianismo no anuncia solo una cierta salvación del alma en un impreciso más allá, en el que todo lo que en este mundo nos fue precioso y querido sería borrado, sino que promete la vida eterna, “la vida del mundo futuro”: nada de lo que es precioso y querido se arruinará, sino que encontrará plenitud en Dios.

    Todos los cabellos de nuestra cabeza están contados, dijo un día Jesús (cfr Mt 10,30). (...) Nosotros somos llamados, precisamente como cristianos, a edificar este mundo nuevo, a trabajar para que se convierta un día en el “mundo de Dios”, un mundo que sobrepasará todo lo que nosotros mismos podríamos construir. En María Asunta al cielo, plenamente partícipe de la Resurrección de su Hijo, contemplamos la realización de la criatura humana según el “mundo de Dios”.

    Oremos al Señor para que nos haga comprender cuán preciosa es a Sus ojos toda nuestra vida; refuerce nuestra fe en la vida eterna; nos haga hombres de la esperanza, que trabajan para construir un mundo abierto a Dios, hombres llenos de alegría que saben entrever la belleza del mundo futuro en medio de los afanes de la vida cotidiana y con esta certeza viven, creen y esperan.
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    Contra la tibieza, Eucaristía

    Contra la tibieza, Eucaristía
    Porque la tibieza lleva al alma a la rutina, a la indiferencia, a la frialdad, al apartamiento de las cosas de Dios. 


    Nos asusta el avance del ateísmo y de la indiferencia religiosa en el mundo. Pero nos debería asustar igual o más ver cómo la tibieza anida en tantos corazones cristianos.

    Porque la tibieza lleva al alma a la rutina, a la indiferencia, a la frialdad, al apartamiento de las cosas de Dios.

    Porque la tibieza arruina a los jóvenes, los acerca al pecado, los aleja de los sacramentos, los empequeñece en su formación católica.

    Porque la tibieza lleva a los esposos a descuidar los gestos de cariño, a no rezar en la mañana o en la noche, a no ir a misa los domingos, a no confesarse más que una vez al año (o incluso más tarde), a usar anticonceptivos con excusas vanas y contra lo que enseña la Iglesia, a no tener aquellos hijos que podrían recibir amorosamente como regalo de Dios.

    Porque la tibieza lleva a los trabajadores al mínimo esfuerzo, a pequeñas trampas y robos “insignificantes”, a la mentira, a crearse certificados falsos para no ir a la oficina, a arrojar palabras de crítica para que otro “baje” y uno pueda ascender.

    Porque la tibieza lleva a los mismos consagrados, a los religiosos, a los sacerdotes, a pensar más en sí mismos que en las almas que tienen encomendadas, a buscar el menor esfuerzo, a rehuir los trabajos difíciles, a evitarse problemas y “enemigos” al precio de no enseñar a los hombres la belleza y la exigencia del Evangelio.

    Pero la tibieza se rompe si nos acercamos al fuego, si dejamos a Dios el primer lugar en la propia vida, si tomamos la Palabra divina y la aplicamos en serio, si estudiamos (para vivirlas) las enseñanzas de la Iglesia.

    La tibieza queda herida de muerte, sobre todo, si nos acercamos a la Eucaristía. Si hacemos de la Misa dominical el centro de toda la semana. Si buscamos momentos para visitar, en una iglesia, a Jesucristo presente en el Tabernáculo.

    La tibieza retrocede, incluso se apaga, ante la compañía del Cordero, que da su Cuerpo, que da su Sangre, que lava, que cura, que anima, que corrige, que enseña, que susurra al corazón palabras llenas de Amor pleno.

    Valen, para romper el cerco de la tibieza, las palabras sinceras y exigentes que Dios dirigió a la Iglesia de Laodicea:

    “Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.

    Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo.

    Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista.

    Yo, a los que amo, los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.

    Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 3,15-22).
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    Ezequiel escucha la Palabra de Dios

    Ezequiel escucha la Palabra de Dios
    Porque la Palabra de Dios es siempre eficaz y ablanda cualquier corazón, aunque sea más duro que las piedras. 



    Hay una escena, en el libro de Ezequiel, que es de las más espectaculares de toda la Biblia y que podríamos llamar: La danza de la muerte. ¿Qué significado tiene una visión tan grandiosa? 

    Todo se va a cifrar en la escucha de la Palabra de Dios y en la fidelidad a la misma. Pero Dios le dice esto al profeta y a todo Israel no con un discurso, sino con esta página inolvidable.

    El pueblo de Judá, vencido por los caldeos, había sido transportado cautivo a Babilonia. Ya no existía como nación. Humanamente hablando, se habían perdido todas las esperanzas de sobrevivir a aquella catástrofe. Y así se lo hizo ver Dios a Ezequiel, desterrado también, pero que animaba a sus compatriotas a no desesperar. Dios estaba sobre tanta desgracia... 

    Dios le representó el pueblo judío a Ezequiel como un campo inmenso, en aquellas llanuras de Caldea, lleno de huesos resecos, esparcidos por doquier. Huesos y huesos a montones. Y Dios le pregunta, como si Él mismo fuera escéptico:
    - Ezequiel, ¿tú crees que estos huesos pueden llegar a tener vida? 
    - ¡Oh Señor, eso lo sabes tú!
    - A ver, ¡háblales! Profetízales en mi nombre. 
    Ezequiel obedece. Les habla. Y los huesos empiezan a removerse, a buscarse un hueso a otro, hasta encontrar las junturas convenientes. Al cabo de poco, todos los huesos formaban un ingente montón de esqueletos. Y de nuevo la palabra de Dios:
    - Ezequiel, ¿tú crees que estos esqueletos pueden llegar a vivir? ¡Háblales de nuevo!...
    El profeta lo hace. Y ve cómo los huesos empiezan a cubrirse de tendones, de carne, de músculos, de piel... Pero solamente eran cadáveres. Cuerpos muertos del todo. Aunque sigue insistiendo Dios: 
    - Ezequiel, ¿crees tú que pueden revivir estos cadáveres? ¿que el espíritu regrese a ellos?... Si te parece que esto es lo más difícil, inténtalo, ¡háblales de nuevo!

    Lo hace el profeta, y ve cómo aquellos cadáveres se levantan, se ponen de pie, igual que un ejército de hombres robustos y de mujeres hermosas, rebosantes todos de vida en plena juventud.

    ¿Qué le significaba Dios a Ezequiel con una visión tan grandiosa? Solamente esto: 
    que Israel, al escuchar la Palabra de Dios, al obedecerle, se vería restaurado; que se acabaría el destierro; que volvería a ser la nación escogida; que disfrutaría de las promesas hechas desde Abraham hasta David y Salomón; que dejaría de ser un pueblo muerto, para volver a ser el Pueblo de Dios, lleno de vida.

    Muy bien. Pero, para nosotros, ¿qué puede significar hoy una escena como ésta? 

    La Iglesia, nuevo y definitivo Israel de Dios, vive de la Palabra de Dios, de los Sacramentos, de la oración, de todo lo que Dios le ha preparado, como un banquete espléndido, para que coma, para que se alimente, para que se robustezca. 

    De este modo, bien alimentada, nunca llegará a ser un pueblo muerto, sino que será siempre el Pueblo de Dios lleno de vida, de robustez, de salud a toda prueba. 

    Ahora, sin embargo, no miramos ni los Sacramentos, ni la oración, ni cualquier otro medio de vida cristiana. Nos fijamos solamente en la Palabra de Dios, como alimento de nuestra de vida divina y como resucitadora de los que han muerto a la Gracia. 

    ¿Por qué el Pueblo de Israel había sucumbido a sus enemigos y murió como nación? Por su infidelidad a la Palabra que Dios le transmitía siempre por sus profetas. Ni leía los rollos de la Ley, ni hacía caso a los enviados de Dios. 

    Al haber muerto, ¿cómo recobró la vida de antes? Escuchando fielmente la Palabra y haciendo caso a la Ley que le exponían los profetas. 

    Una vez más --y serán otras más las que le sigan--que nos encontramos con un tema tan entrañado como el de la Palabra de Dios, contenida tanto en la Sagrada Biblia como en la predicación viva de la Iglesia. La Palabra, tan importante en el culto y tan importante en la vida personal y privada de cada uno de los cristianos. Con la escucha de la Palabra nos mantenemos en la fidelidad a Dios. Con tal que esa escucha sea viva, eficaz, y que sepa traducirse a las acciones de la vida diaria. Los judíos que fueron al destierro castigados sabían muy bien la Biblia y oían a los profetas. Pero la Palabra --como dirá después Jesús en su Evangelio-- caía en el camino duro o entre piedras y espinas y no producía fruto alguno, sino que más bien se convertía en acusadora de los oyentes.

    La Iglesia, como tal, nunca fallará. Pero pueden fallar muchos hijos de la Iglesia. Los que se alejan, y mueren a la vida de Dios que recibieron en el Bautismo, recobran la vida cuando atienden a la Palabra, leída con avidez en la Biblia o escuchada dócilmente en la Iglesia. 

    Porque la Palabra de Dios es siempre eficaz y ablanda cualquier corazón, aunque sea más duro que las piedras.. 

    La Palabra, es seguridad de salvación. 

    Convertirse en apóstol de la Palabra, es llevar la paz y la salvación de Dios al hermano. 

    Nosotros amamos la Biblia, y escuchamos también la palabra de la Iglesia como Palabra del mismo Dios. Por eso cantamos con fe: 
    - Tu Palabra me da vida, confío en ti, Señor. Tu Palabra es eterna: ¡en ella esperaré!....
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    "¿A quién debemos orar; al Padre, al Hijo, o al Espíritu Santo?"

    "¿A quién debemos orar; al Padre, al Hijo, o al Espíritu Santo?"
    "¿A quién debemos orar; al Padre, al Hijo, o al Espíritu Santo?" 

    Durante este último tiempo han surgido ciertos cuestionamientos y dudas respecto a lo erroneo que sería orar al espíritu santo, siendo que la nuestras plegarias debieran estar dirigidas sólo al Padre. ¿ Qué nos dice la palabra al respecto? 

    Hemos buscado en ella una respuesta y consideramos que sus planteamientos nos invitan a los cristianos a dirigir nuestras plegarias y toda oración a nuestro trino Dios - Padre, Hijo y Espíritu Santo. 

    La Biblia enseña que podemos orarle a uno o a los tres, porque los tres son Uno.
    -  Oramos al Padre con el salmista, “Está atento a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío, porque a Ti oraré.” (Salmos 5:2) 

    Oramos al Señor Jesucristo, como al Padre, porque ellos son iguales. Esteban, mientras era martirizado, oraba, “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hechos 7:59). 
    También oramos en el nombre de Cristo. Pablo exhortaba a los creyentes efesios a darle “...gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.” (Efesios 5:20). Jesús le aseguró a Sus discípulos que cualquier cosa que pidieran en su nombre – y si estaba en la voluntad del Padre – les sería concedida (Juan 15:16; 16:23). 

    Por otra parte, la Biblia también nos motiva a que oremos al Espíritu Santo y en Su poder. Pablo pide al Espíritu que una los corazones de los corintios creyentes (2 Corintios 13:14). Adicionalmente el Espíritu nos ayuda a orar, cuando no sabemos cómo o qué pedir (Romanos 8:26; Judas 1:20). 

    Con lo anteriormente expuesto, podríamos concluir que cuando oramos a un miembro de la Trinidad, le oramos a todos. Tal vez la mejor manera de entender el papel de la Trinidad en la oración es que oramos al Padre, a través del Hijo, por el poder del Espíritu Santo. Los Tres son Participantes activos en la oración del creyente. Por otra parte, también debiéramos tener la claridad respecto a quién no debemos dirigir nuestra oración. Algunas religiones no cristianas, animan a sus miembros a orar a un panteón de dioses, familiares muertos, santos, y espíritus. Tales oraciones no son respaldadas por la biblia y de hecho son un verdadero insulto a nuestro Padre celestial y en contra de Su expresa voluntad. Para entender el por qué, solo tenemos que ver la naturaleza de la oración. La oración está constituida por varios elementos. 2 de ellos son: la alabanza y la acción de gracias. La oración es, en su esencia misma, adoración. Cuando alabamos a Dios, estamos adorándolo por sus atributos y su obra en nuestras vidas y en el mundo y cuando ofrecemos oraciones y acciones de gracias, estamos adorando su bondad, misericordia, y amorosos cuidados. La adoración da gloria a Dios, el Único que merece ser glorificado. Ahora el problema con la oración a cualquier otro que no sea Dios, es que estamos compartiendo su gloria con quienes no se la merecen y es un acto que se conoce como idolatría. El mismo dice en su palabra que El no compartirá su gloria con nadie. “Yo Yahvé; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.” (Isaías 42:8 El mismo modo, otros elementos se encuentran en la oración —tales como el arrepentimiento, confesión y petición – también son formas de adoración. Nos arrepentimos sabiendo que Dios es un Dios amoroso y perdonador, que Él ha provisto un medio de perdón en el sacrificio de Su Hijo en la cruz. Confesamos nuestros pecados, porque sabemos que “Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9) y lo adoramos por ello. Venimos a Él con nuestras peticiones e intercesiones, porque sabemos que Él nos ama y nos escucha, y lo adoramos por Su misericordia y bondad al estar dispuesto a escucharnos y responder nuestros ruegos. Considerando todo lo que hasta aquí hemos visto, podríamos resumir lo presentado en 2 puntos fundamentales: 
    1. Cuando oramos a un miembro de la Trinidad, le oramos a todos. 
    2. La oración es una forma de adoración, y la adoración sólo se la merece nuestro Dios.

    Paz y bien

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    La muerte, ¿un bien o un mal?

    La muerte, ¿un bien o un mal?
    La muerte, así como acrecienta la alegría del hombre bueno, incrementa el miedo del hombre ligero


    Muchos tienen miedo a la muerte. Es horrible separarse de los seres más queridos o dejar a un lado todas las felicidades de esta vida. Separarse de los familiares. Los mejores momentos de la vida, se esfuman. Todo lo que tienen en su vida, ha desaparecido. Sus conocimientos no se los llevarán. Sus títulos, quedarán colgados en las paredes. Todas sus posesiones pasarán a manos de otra persona.

    Ya lo decía Petrarca: “La muerte siempre es temprana y no perdona a ninguno”.

    Esta es la realidad de la muerte. Es un parteaguas en la vida. Muchos la ven como el peor de los males, otros como el gran bien deseado. 

    Para algunos, es lo que mantiene a las personas sometidas para que no se quejen de los males que sufren, pensando que después de esta vida van a encontrar alguna recompensa.

    Para otros todo se acaba aquí. Todo ha llegado a su fin con la muerte. Todo lo que hayan disfrutado en esta vida es lo que vale. Son fieles seguidores del “Carpe Diem” con una fuerte influencia de Schelling que había dicho: “Muerte, no te debo temer, porque cuando tú estás yo no estoy, y cuando yo estoy, tú no estás; la muerte es, así, siempre la muerte de los demás”.

    También está el escollo de acostumbrarse a escuchar que han muerto tantas personas de un atentado, otro par en un accidente, cinco fueron asesinados en tal lugar, otros tantos han fallecido en un terremoto...

    La realidad más certera del hombre, la muerte, se va menguando de escuchar tanto acerca de ella. 

    Pero al final, los que creen de una forma u otra, tienen miedo a la muerte. Cuando todos están en los últimos minutos de esta vida fugaz, el miedo llega. 

    Sin embargo carecen de miedo los que han vivido de una manera positiva y entregada: de modo responsable, moralmente recto, pensando en los demás, fieles a unos principios de vida basados en la ley natural. Para los cristianos el camino está bien marcado en el amor concreto y diario hacía el prójimo. Estos suelen aceptar la muerte con tranquilidad e incluso con un cierto deseo. 

    Pero están los del otro lado, los que se han dedicado a vivir con su lema de vida, “carpe diem” sin ningún principio en su vida. Su norma es hacer lo que quieren, caiga quien caiga, aunque esté de por medio la familia, los padres, los hijos. Todo lo hacen por el hecho de querer vivir como les plazca.


    Estos al final de su vida tienen un miedo a la muerte que los abruma. La muerte les hace estremecerse y sentir que algo faltaba en esta vida.

    Por ello decía Antoine de Saint-Exupéry: “Únicamente seremos felices cuando cobremos conciencia de nuestro papel, incluso aunque nos corresponda el más oscuro. Únicamente entonces podremos vivir en paz, porque el que da un sentido a la vida da un sentido a la muerte”. 

    La muerte, así como acrecienta la alegría del hombre bueno, incrementa el miedo del hombre ligero.

    Siempre se está a tiempo para elegir el camino propio. Un Peregrino dijo hace más de dos mil años: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.


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    Jesús nos amó hasta el final

    Jesús nos amó hasta el final
    El amor de Cristo es que no tiene límites. Él nos amó con sus palabras, con sus manos, con sus gestos, con sus actitudes.


    Jesús nos amó hasta el final, dio la vida por nosotros. “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,2). 

    Una de las características del amor de Cristo es que no tiene límites. Él se rompió amando, con sus palabras, con sus manos, con sus gestos, con sus actitudes. En aquella tarde, Jesús amó a los suyos como nadie los había amado hasta entonces, los amó, hasta el límite, hasta el fin, hasta el extremo, hasta dar la vida. Jesús demostró este amor al otro en el servicio y en el estar atento en las cosas pequeñas. “Se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla se la ciñó luego echó agua en la jofaina, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida” (Jn 13.5). Echar agua, lavar, secar los pies, era un oficio de esclavos. Y Jesús se convierte en esclavo, en servidor; se empobrece, se rebaja poniéndose a sus pies. Este servicio humilde y callado lo hizo Jesús con sus discípulos; quien no se deje lavar los pies por él, no tendrá parte en su reino. 

    Jesús fue un hombre especial, extraordinario en generosidad, bueno de verdad, que pasó haciendo el bien sobre la tierra y curando a los oprimidos por el mal, porque Dios estaba con él (Hch 10,38). Por eso Pablo aconsejaba a los cristianos como norma de vida: "Mantengamos fijos los ojos en Jesús" (Hb 12,2), para tener sus mismos sentimientos, para obrar como él. Fue enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4,18-19). Él vino para los casos difíciles, para "salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10).

    Jesús fue un hombre bueno, con una bondad de calado profundo, de inversión de valores, de búsqueda de lo esencial. Lo radical de su bondad estaba en el hecho de su estar "a la escucha" de las necesidades de los otros. Él dio su vida por todos, su entrega fue total, él no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos (Mc 10,45). Nunca condenó a nadie, trató de salvar a todos, de dar vida y de ser vida y fuente de agua viva. Toda la vida de Jesús fue una donación al Padre y se entregó como precio de nuestra liberación. El “amarás a Dios con todo tu corazón y toda tu alma”, encuentra su nueva plenitud en la palabra y en vida de Jesús. Dios, para él, es el único bueno (Mc 10,18), el Padre amoroso (Mt 5, 45) que busca la oveja perdida (Lc 15,4-7), porque es un Dios que busca y acoge lo que se había perdido (Lc 15,2). 

    En sus enseñanzas repetía que lo más importante era buscar a Dios, su Reino, que no se preocuparan de lo demás. Mil veces invitaba a sus oyentes a no tener miedo, a no dudar, a creer de verdad (Jn 8,46). A todos les dio ejemplo de amor y el amor fue su único mandato. El amor se concretiza en las cosas pequeñas. Soñamos con lo imposible y no hacemos lo que está a nuestro alcance. “Atender a cosas aún menudas, y no hacer caso de unas muy grandes”, porque “quedamos contentas con haber deseado las cosas imposibles y no echamos mano de las sencillas” (7M 4,14).

    San Jerónimo escribió un comentario a las cartas de Juan, donde dice que cuando a Juan le preguntaban sus discípulos cristianos, constantemente respondía: “Hijos míos, amaos los unos a los otros”. Cansados los discípulos de esa machacona insistencia, le preguntaron que por qué repetía tanto lo de “amaos”. Su respuesta fue bien sencilla: “porque éste es el mandamiento del Señor, y si lo cumplimos es suficiente”.

    Efectivamente, quien comprende y experimenta lo que es el amor, no puede por menos de gritar como Francisco de Asís: Dios es amor, amor, amor. Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (Jn 4,16) El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor (1Jn 4,8). Por eso insistía Juan: “Amigos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1Jn. 4, 7). Esto mismo había encomendado Jesús a sus discípulos y les pide que se ayuden, se apoyen, se consuelen. Por eso Jesús insistirá: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros” (Jn 13,34-35). 

    Juan era un experto en la ciencia del amor, había comido junto a Jesús y había sentido el latir del corazón del Amado. En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros, en que ha mandado a su Hijo unigénito al mundo para que nosotros vivamos por él (1Jn 4,9). Para Juan el amor es la piedra angular del reino de Cristo (Jn 3,16) y exhorta siempre a los hermanos al amor recíproco (2Jn 5,6). El amor de Dios se ha revelado en un acontecimiento histórico: el hecho de Jesucristo, que inaugura el tiempo de la misericordia divina. Este acontecimiento histórico, revelación única y suficiente de Dios manifiesta también que Dios no sólo ha amado y ama, sino que “es amor” (1Jn 4,8).

    Juan aprendió muy bien la lección del amor, como lo más importante y como lo único que merecía enseñarse e insistir. La primera carta de Juan es una joya. De ella entresaco algunos pensamientos.
    - El que ama a su hermano, ése es hijo de Dios (3,10).
    - Quien ama a su hermano ha pasado de la muerte a la vida (3,14).
    - Amar de verdad es dar su vida por el hermano (4,10).
    - El que ama comparte sus bienes con el hermano necesitado (4,17).
    - Amarnos es cumplir lo que Jesús nos mandó (3,23).
    - El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (4,7).
    - Nuestro deber de amar se funda en que Él nos amó (4,11)
    - Si amamos al hermano, Dios permanece en nosotros (4,12).
    - Amemos, ya que Él nos amó primero (4,19).
    - Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (4, 20).
    - Si alguien ama a Dios, ame también a su hermano (4, 21).
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