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San Pablo, ¿machista?


Esa es la impresión que se llevan muchas mujeres y algunos hombres al leer la carta de Pablo a los Efesios.
Las palabras que logran esa sensación son las siguientes:

“Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; Él que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.”

Es frecuente oír hablar o leer en exégesis profundas del pueblo judío sus costumbres machistas, heredadas por el pueblo cristiano. Y también se repiten los análisis de algunos sexólogos, muchas veces dándole un sentido peyorativo a las enseñanzas de la Iglesia Católica.
Pero lo que pocos destacan es el texto que continúa:

“Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a su Iglesia.
“Se entregó a sí mismo por ella [...] Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.”

Aquí caben varias preguntas
¿Cuántos esposos aman a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia?
Y, ¿cómo amó Cristo a su Iglesia? Primero, nos dio ejemplo de vida sencilla, trabajadora, humilde y pobre, durante 30 años. Después, dedicó todos sus esfuerzos a enseñarnos esa vida, durante 3 años. Y, finalmente, entregó su vida en una Cruz, no sin antes pasar por las terribles angustias en el huerto de los olivos, la aprehensión infame, la traición de uno de los suyos, la noche entera en una celda aterido de frío, la humillación de un juicio injusto, la atroz flagelación, burlas y burlas hasta la coronación de espinas, la vía dolorosa cargando con el instrumento de su propio suplicio, el horrendo martirio de la crucifixión, la agonía de 3 horas y el fallecimiento en desamparo total.

“Obras son amores y no buenas razones”, dice el refrán: ¿Cuantos esposos han sido capaces de sufrir por amor a su esposa? ¿Cuántos dejan a un lado el egoísmo para dedicar su vida con todas las fuerzas -a ejemplo de Jesús- a hacer felices a sus esposas?

Ese llamado de san Pablo es categórico: “Así deben también los maridos amar a sus mujeres”.
¿Podrá esto tomarse como machista?
He aquí, más bien, la perfección del amor conyugal:

Un hombre que destina todo su ímpetu a hacer feliz a su esposa; busca solo su bienestar con toda su alma, con todo su corazón, con todas sus fuerzas, haciendo a un lado sus propias metas egoístas o mezquinas.

Y una mujer que, como dijera la encíclica, es amada así, ¿cómo no va a ser condescendiente con su marido? Al sentir ese apoyo moral y psicológico, ¿no se someterá a él sin reservas?, ¿no sentirá que él es, efectivamente, su cabeza, como dice san Pablo?

Y la última pregunta: ¿no sería este el ejemplo ideal para los hijos? Si los esposos actúan como lo pide la Iglesia, se verá nacer y crecer una nueva generación libre de egoísmos y de machismo, se formarán hogares con más sentido de la dignidad de la mujer y del hombre y, como consecuencia lógica, si se tiene sana la “célula” de la comunidad -la familia-, se hará un cambio positivo en todo ese “organismo” viviente que es la sociedad.

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