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Lo que más necesita el alma


Lo que necesita sólo puede venir desde quien nos ha hecho por amor, desde quien espera, más allá de nuestras miserias, que volvamos a sus brazos.

Necesitamos medicinas para curar el dolor de garganta o una infección intestinal. Las medicinas actúan y a veces funcionan en el cuerpo, pero no llegan a sanar las penas del alma.

Necesitamos casas bien construidas y seguras, que nos defiendan del frío y permitan una vida confortable. Pero la mejor casa del mundo es incapaz de arrancar depresiones, angustias y lágrimas que surgen en los corazones.

Necesitamos campesinos y vendedores que permitan la llegada de comida a los hogares. Pero por más que comamos y bebamos no podremos alargar eternamente nuestra estancia en esta Tierra.

Necesitamos momentos de descanso, ratos de sueño, deportes sanos con los amigos. Pero las heridas que dejan egoísmos y pecados siguen allí, y esperan esa decisión valiente que nos aparte del mal y nos lleve hacia lo bueno.

Necesitamos justicia y gobiernos eficaces y verdaderos, que defiendan nuestros bienes y nuestra fama, que castiguen a los culpables, que construyan sociedades más vivibles. Pero ningún político, ningún juez, puede determinar cómo será nuestra vida tras la muerte.

Por eso, lo que más necesita el alma sólo puede venir desde quien ha dado soplo a nuestro barro, desde quien nos ha hecho por cariño, desde quien espera, más allá de nuestras miserias, que volvamos a sus brazos.

Sólo Dios puede llegar a esas necesidades que llevamos en lo más dentro del alma. Sólo Dios puede, al llevarnos al sacramento de la confesión, perdonar nuestros pecados e introducirnos en el mundo de la misericordia. Sólo Dios puede bendecir matrimonios y familias, para que haya armonía entre los corazones y un amor sincero que una a los que viven bajo el mismo techo.

No podemos vivir, es verdad, sin médicos ni campesinos, sin gobernantes buenos ni ingenieros. Pero nuestra existencia es mucho más grande que las casas, y nuestros corazones buscan continuamente amores que inician en el tiempo y que nos abren a lo eterno.

Por eso, junto a tantos profesionales que hacen posible una vida más o menos aceptable, necesitamos santos en todas las profesiones y en todas las familias, que nos hablen de Dios y de Su Amor eterno.

Esos santos serán quienes nos indiquen dónde se encuentra la felicidad verdadera, dónde podremos recibir fuerzas para el perdón y la esperanza, dónde anclaremos un día, para siempre, la nave de nuestras almas frágiles y enamoradas.

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