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El milagro que no hizo san Antonio

El milagro que no hizo san Antonio


Dos monjes emprendieron el viaje por una zona medio desértica de Egipto. Se les acabó el agua, y no consiguieron encontrar ningún pozo en las cercanías.

Después de un tiempo, uno de los dos monjes murió. El otro, sin fuerzas, quedó en el suelo mientras esperaba la llegada de la muerte.

San Antonio abad estaba en la montaña. En la oración pudo conocer lo que ocurría. Llamó a dos monjes que estaban cerca y les dijo que fueran inmediatamente a llevar un jarro de agua al superviviente.

Cuando los dos monjes llegaron, dieron de beber al que yacía casi sin fuerzas, y enterraron al que había fallecido.

Un monje fue “salvado”. El otro murió. San Atanasio (un obispo del siglo IV), al contar la historia en su “Vida de san Antonio abad”, se pone ante quien pueda formular la pregunta: ¿por qué san Antonio no habló antes, de forma que los dos monjes viajeros hubieran recibido el agua necesaria para sobrevivir?

Atanasio responde sin dudar: la pregunta es injustificada, porque la muerte del monje viajero no dependía de Antonio, sino de Dios.

Es Dios, en efecto, quien dice quién, cuándo y cómo muere, y quién, cuándo y cómo recibe un poco más de vida. A uno de los monjes le llegó la hora de partir al encuentro del Señor. Al otro, en cambio, Dios le dio un poco más de vida, a través del milagro realizado a través de san Antonio.

Lo que pasó en el desierto ocurre tantas veces en la vida humana: uno se salva de un accidente, mientras que otro muere. Uno se cura del cáncer, mientras que otro fallece a los pocos meses (o días). Uno consigue salir airoso de una pulmonía doble, y otro sucumbe cuando le llega la gripe “ordinaria”.

Ante esas diferencias, hay quienes se preguntan: ¿no es injusto Dios? ¿Por qué a uno da más tiempo de vida y a otro lo llama a su Presencia? ¿No podría ser más “equitativo”?

La pregunta, nos diría san Atanasio, está viciada en su origen. No nos toca a nosotros conocer los tiempos de Dios, ni cuándo llegará la hora.

No tiene sentido, por tanto, preguntar: ¿por qué san Antonio no hizo el milagro para los dos? Porque los milagros no dependen de los hombres, sino de Dios. Dios es quien decide cuándo llega la hora para cada uno.

Esa historia sencilla de los primeros monjes de Egipto, contada por san Atanasio, nos ayuda a recordar una de las enseñanzas constantes de san Antonio: al levantarse, hemos de vivir como si no fuésemos a llegar a la noche; y al acostarse hemos de pensar que quizá no llegaremos a ver el siguiente amanecer. O, en palabras del Evangelio, hemos de estar siempre en vela, porque no sabemos ni el día ni la hora (cf. Mt 25,13).
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María y un seminarista en Nazaret

María y un seminarista en Nazaret

Pide por todos los seminaristas, para que, en medio del ruido del mundo, puedan escuchar la voz de María que los acompaña.

Durante la misa, nuestro Obispo es asistido en ella por un sacerdote, dos monaguillos y un seminarista de quien, y por casualidad, apenas sé su nombre.

Me pregunto, Madre querida, cuál habrá sido el camino que debió recorrer ese joven para llegar hasta…

- Hasta un especial sitio en mi Inmaculado Corazón.- Me respondes mientras le miras desde tu imagen del altar.

- Madre, por caridad, cuéntame lo que él y tantos como él, significan para ti.

Tu imagen de La Dolorosa, al pie de la Cruz, y junto a San Juan, parece murmurar una respuesta. Así es Madre, tu siempre eres para tus hijos, respuesta serena al alma.

- Verás, hija, desde aquellos tiempos en que veía a los Apóstoles ir recorriendo lentamente los caminos que Jesús les mostraba. Desde que aprendí a conocer sus dudas, sus preguntas, sus renuncias. Desde aquellos días mi corazón ha ansiado ser compañera de camino en quienes entregan su vida al servicio de Dios. Ese camino que empezó, para mí, el día de la Anunciación, en medio de un indescriptible gozo, pero que continuó, más tarde, en medio del silencio y la rutina de Nazaret.

- Comprendo, Madre, o casi… pero, a ellos, a nuestros seminaristas, ¿Cómo les acompañas?

- Cuando un alma escucha el llamado de Dios y responde, le invito a compartir mi alegría en el día de la Anunciación. Luego, le acompaño fielmente en las dificultades que debe afrontar, pues les espera un viaje a Belén, no programado, y muchas puertas que han de cerrarse. Tendrá una Nochebuena con canto de ángeles y también un Simeón anunciando espadas. Deberá buscar, en medio de tantas noches oscuras, un sitio seguro para resguardarse de las tentaciones. Oh! Hija, no puedes imaginar cuán hermoso, sereno y perfumado, es el sitio que tengo reservado para ese amado hijo.

-Es ¿Tu Corazón? O sí, seguro ha de ser tu Corazón, Madre querida. Allí tienes, para el alma, una exquisita ternura, un refugio seguro en las tormentas del alma, y, sobre todo, el camino más corto, seguro y fácil para llegar a Jesucristo.

-Así es hija. Desde mi corazón, le llevaré a los días en que Jesús se perdió y yo le buscaba. Le contaré que muchas veces deberá hacer esta búsqueda a lo largo de su vida. Después, le traeré conmigo a los días de Nazaret, al silencio, a lo cotidiano, a las pequeñas cosas.

- Entonces, Madre, un seminario ¿Es como un pequeño Nazaret?

- Pues… sí.

- Y, si es Nazaret, entonces ¡estas tú!. Siempre, cada día, cada mañana.

- Cada mañana- y tus ojos parecen recorrer todos los seminarios del mundo-, cada mañana le pregunto, si quiere permanecer junto a mí en Nazaret. Y su "sí" me alegra el alma. Y nos vamos juntos a buscar agua al pozo. Él alivia mis cansados brazos y yo le sirvo agua fresca cuando estudia en la biblioteca. También me ayuda a cargar la leña y encender el fuego y yo le regalo gracias a su alma, para que su oración no sea una simple repetición de palabras sino un torrente de amor que, desde su corazón, llegue al Corazón de Jesús.

Miro hacia el altar y allí, en un rincón, en un Nazaret de silencio, el joven seminarista se arrodilla durante la Consagración.

- Hija mía- susurras a mi corazón- ahora soy yo la que quiere pedirte algo.

- Dime, Madre, dime, pues mi corazón halla gozo en servirte.

- Ora, hija, ora por ese joven y por todos los seminaristas. Ora para que, en medio del ruido del mundo, puedan escuchar el canto del viento de Nazaret, el perfume de aquel hogar, que ahora habitan. Ora para que, cada mañana, su corazón elija, nuevamente, acompañarme al Corazón de Jesús, de donde brotan ríos de agua viva.. Ora para que sientan mi mano en la suya, mi abrazo en la noche oscura del alma, mi compañía en cada día, en cada alegría, en cada soledad, en cada pena. ¿Puedo, hija, contar con tus oraciones?.

-Sí, Madre, sí, y perdóname por no habértelas ofrecido antes. Perdóname por haber esperado, cómodamente, que siempre haya un sacerdote en la parroquia, sin haber pensado que, para hallarlo, primero debió existir un seminarista que, cada mañana, eligió ser tu compañero en Nazaret. Que sintió tu mano, cuando yo sólo le regalaba olvido, que sintió tu abrazo, cuando yo ni siquiera me preocupé por saber su nombre.

La misa ha terminado. Todos se han retirado. El joven seminarista atiende los pequeños detalles para la siguiente misa. Ahora sé que está contigo en Nazaret, ordenando la casa, esperando a Jesús.

Te regalo, Madre, mi oración por él. Regálale tu, todo el perfume de Nazaret.


NOTA DE LA AUTORA "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna."
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Más allá del cansancio

Más allá del cansancio

Cuando el cansancio entra en el corazón, la voluntad queda casi paralizada. Falta esa energía para dar un nuevo paso.
El cansancio nos llega a todos. Porque las fuerzas físicas son limitadas. Porque los años no perdonan. Porque desgasta la lucha contra el mismo defecto sin llegar a erradicarlo. Porque duele sentirse sólo ante los deberes de cada día. Porque la victoria no acaba de llegar. Porque el horizonte se cubre de tinieblas.

Cuando el cansancio entra en el corazón, la voluntad queda casi paralizada. Falta esa energía para dar un nuevo paso, para empezar otra vez, para ayudar a quien lo pide a pesar de tantos desengaños, para pedir perdón porque las pasiones nos llevaron al pecado, para mirar al cielo e implorar la gracia.

Pero si miramos a Cristo, si nos dejamos mirar por Él, si lo sentimos a nuestro lado como Amigo, como Salvador, como Señor, como Misericordia encarnada, podemos superar el cansancio y emprender de nuevo la lucha.

Es entonces cuando, más allá del cansancio, una madre o un padre vuelven a acoger al hijo drogadicto para darle una nueva oportunidad.

O cuando un hijo o una hija renuevan sus esfuerzos para cuidar con ternura a sus padres enfermos.

O cuando un pecador habitual, que cae una y otra vez en la misma falta, regresa al confesionario para invocar el perdón y la ayuda de Dios en el sacramento de la penitencia.

O cuando el contemplativo o la contemplativa rompen el hielo del desgaste interior para orar con más fuerzas por la conversión del mundo, por la paz y la justicia en los corazones, por la victoria de la Cruz en las sociedades.

Dios está siempre a nuestro lado. Más allá del cansancio podemos emprender el camino, mirar al cielo, introducir los ojos del alma en nuestra condición de bautizados, y volver a dar un paso nuevo.

Así podremos hablar con Cristo desde lo más hondo de nuestro corazón: “Señor, si eres Tú, mándame ir donde ti sobre las aguas (cf. Mt 14,28), sobre el cansancio, sobre la penas, sobre los miedos, sobre el desgaste.

Mándame dejar mi egoísmo y vivir siempre al servicio de mis hermanos, con esa energía que Tú pones en cada corazón, mientras avanzamos hacia el abrazo eterno que espera a los esforzados en el Reino de los cielos”.
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¿Saben que estás ahí Señor?… o quizá no lo saben

¿Saben que estás ahí Señor?… o quizá no lo saben

Detén tu desorientado caminar y ve donde Él está, con su Cuerpo y su Divinidad y encontrarás la grandeza de que Dios te ama.
Vengo del tráfico, del ruido, de toda la agitación que hay ahí afuera, Señor, trato de serenarme y dejar mi aceleramiento convertido en suaves pasos para estar frente a ti. Ya me va llegando la calma, la paz….

Frente a esta Capilla siguen pasando las personas, que como yo, traen en su interior su propia historia….

Y pienso en ellos… en esa joven que pasa sin mirar siquiera un instante hacia este lugar donde estás Tu… pasa ensimismada porque carga una cruz que pesa, que pesa mucho, le han dicho que su hijito tiene una enfermedad incurable… ¡y ese hombre que apura el paso porque lleva ya dentro la huella del vicio y va en su busca!… y ese anciano que apenas puede caminar porque tiene frío, porque todos sus huesos ya viejos le duelen pero le duele más el saber que en su casa, los hijos que tanto amó, le están diciendo que "estorba"….

Esa jovencita, casi una niña, que va despacio y muy triste porque su novio le acaba de decir "que no la quiere… que todo terminó" y ella ya lleva un hijo en las entrañas y no sabe….. ¿qué va a hacer?
Y el que no tiene trabajo… y la que se siente enferma y cansada….. y pasa también la que va feliz porque mañana se casa….. y la que le ha dado el doctor la noticia de que va a ser madre y le falta tiempo para llegar a su hogar y decírselo al hombre amado…. y el que va feliz porque le han ascendido de puesto…. y el estudiante que ha pasado de año y la niña que mañana cumple quince años….. y la que le acaban de dar su anillo de compromiso…. y el que viene de despedir para siempre al ser amado y recibir las condolencias…

Todo un mundo de historias… y tu Señor las conoces todas, y tu te las sabes todas y esperas….

¿Por qué no vienen a ti? ¿Por qué no te vienen a dar gracias y a compartir contigo sus grandes logros, sus dichas, sus sueños realizados…. su inmensa felicidad?

¿Por qué los que cargan una cruz tan pesada no la quieren compartir contigo … contigo que ya supiste lo que pesa y duele? Tu lo dijiste: "Venid a mi todos los que estéis fatigados y sobrecargados y yo les daré descanso…" (Mt 11,28)

¿Saben que estás ahí o quizá… no lo saben? ¿Y si nadie se lo ha dicho?

Siento tu tristeza, Señor… y esa tristeza me obliga a darte a conocer entre todos los que me rodean… Que nadie quede sin saber que eres agua viva si tienen sed, que eres el amigo fiel si tienen angustia y pena, que eres el Amor hecho hombre para amar sin medida, que eres el Dios que muere en una cruz para perdonar…. que está ahí, tan cerca, tan humilde en la espera eterna….

Para que tu detengas tu desorientado caminar y vengas aquí donde Él está con su Cuerpo y su Divinidad y… tal vez llores… pero seguro que al salir ya vas a sentir, lo que buscabas y necesitabas, la grandeza de que Dios te ama y con ella el precioso don de la PAZ.
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El gran error de la inmisericordia

El gran error de la inmisericordia
Cometer errores es, casi inevitablemente, parte de la misma vida.

Nos equivocamos al pensar que es buena una persona que luego nos da una puñalada en la espalda (con su lengua, con sus acciones, incluso con un gesto agresivo).

Nos equivocamos al pensar que es mala una persona buena. Por golpes de la vida, por envidias, por egoísmos profundos, descalificamos a otros, los acusamos de delitos que nunca cometieron, o simplemente vemos segundas intenciones en sus palabras amables y en sus ayudas sinceras.

Es triste descubrir que el “amigo” era un villano. Es más confortante abrir los ojos a la bondad de quien teníamos por malo, aunque nos duele tener que reconocer que hemos pensado mal de un inocente.

Pero uno de los errores más graves que puede cometer el cristiano es vivir sin misericordia, sin amor, cerrado a la alegría que viene del perdón sincero.

La Palabra de Dios es clara: “Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia” (St 2,13). Porque todos estamos llamados a ser como el Padre, que ama a todos, buenos o malos, justos o injustos:

“Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,46-48).

Hay quien sigue la norma “piensa mal y acertarás”, quizá sin darse cuenta de que “pensar mal” casi siempre es el resultado de amar poco y muchas veces lleva a errores graves en el juicio que hacemos sobre otros.

El cristiano tiene otra norma: ama a los demás como Dios los ama. Al bueno y al malo: no somos ciegos, ni tenemos que decir que lo blanco es negro, o que lo negro es malo.

Por eso, también en los casos en que, sin culpa, pensemos que una persona es mala cuando realmente es buena, o que es buena cuando realmente es mala, nunca nos equivocaremos si a los dos sabemos amarles sinceramente.

Así evitaremos uno de los errores más graves que puede herir nuestra vocación cristiana: caer en la inmisericordia. Será posible entonces vivir en la verdad del Evangelio, porque pensaremos y actuaremos según el corazón de Cristo, que no vino a condenar, sino a salvar (cf. Jn 12,47).
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¿Realmente crees que te pueda salvar?

¿Realmente crees que te pueda salvar?




Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar el Aconcagua inició su travesía después de años de preparación, pero quería la gloria para él solo, por lo tanto subió sin compañeros.

Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo hasta llegar a la cima. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada.

Todo era negro, cero visibilidad, no había luna y los estrellas estaban cubiertas por las nubes. Subiendo por un acantilado, a solo 100 metros de la cima, se resbaló y se desplomó por los aires… caía o una velocidad vertiginosa, sólo podía ver veloces manchas más oscuras que pesaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.

Seguía cayendo… y en esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos momentos de la vida.

Él pensaba que iba a morir, sin embargo, de repente sintió un tirón muy fuerte que casi lo parte en dos… Sí, como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de Ia cintura. En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedó más que gritar:

“AYUDAME DIOS MIO.”

De repente una voz grave y profunda de los cielos le contestó:

“¿QUE QUIERES QUE HAGA?”

“Sálvame Dios mío”

"¿REALMENTE CREES QUE TE PUEDA SALVAR?"

“Por supuesto Señor”

"ENTONCES CORTA LA CUERDA QUE TE SOSTIENE…”

Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró mas a la cuerda y reflexionó …

Cuenta el equipo de rescate que el otro día encontraron al alpinista congelado, muerto, agarrado con fuerza, con las manos a una cuerda … A DOS METROS DEL SUELO …

… ¿Y tú? … ¿Qué tan confiado o aferrado estás de tu cuerda?

… ¿Por qué no la sueltas?
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La caridad ingeniosa, atrevida y efectiva de María

La caridad ingeniosa, atrevida y efectiva de María

LAS BODAS DE CANÁ


Composición de Lugar: María recibió una invitación para acudir a unas bodas que se celebraban en Caná de Galilea. Unas bodas, en Palestina y entre los judíos, era un acontecimiento importante y revestía un carácter religioso, pues era el medio de perpetuar la raza hasta la plenitud de los tiempos, es decir, hasta los días del Mesías. Los contrayentes eran amigos, parientes quizá, y María aceptó la invitación y acudió a Caná. Fue también invitado Jesús con sus discípulos, y de nuevo se encontraron reunidos, siquiera fuese transitoriamente y por breve tiempo, Madre e Hijo. Y, ¿qué pasó? Vayamos también nosotros a Caná, pues hemos sido invitados con María y Jesús.

Petición: Señor, dame ojos y corazón para intuir las necesidades de mi prójimo y en la medida de mis posibilidades, ayúdame a solucionarlas, a ejemplo de María, que con su poderosa intercesión logró alegrar ese momento hermoso con el vino nuevo de su Hijo.

Fruto: Tener los ojos abiertos a las necesidades de mi prójimo. Tener el corazón listo para conmoverme y las manos listas para ayudar.

Puntos: Veamos los detalles de caridad de María en Caná.


1. María estaba invitada: quien vive en la caridad y con caridad siempre es querido en todas partes y, por lo mismo, fácilmente es invitado a estos eventos alegres, humanos y sociales. Y allá fue, porque el amor trata de difundirse por todas partes. ¿Cómo no compartir la alegría de los demás y felicitarles por esta boda? Ella, la madre de Jesús, no podía despreciar estas alegrías humanas, como tampoco lo hará después Jesús, su Hijo. En muchos otros lugares de los Evangelios vemos a Jesús compartiendo banquetes, tanto que los fariseos se escandalizan de eso e incluso algunos le llaman “comilón y bebedor”. ¡Habráse visto! El corazón mezquino que no rebosa amor se escandaliza de que el otro ame y derrame su amor.

Sí, María fue invitada. Pero, ¿en verdad fue a comer y aprovecharse del banquete? El que fuera la primera que captara la insuficiente cantidad de vino sugiere que “estaba en todo”, y esto supone atención, actitud observadora, pensar en lo que ocurre y no en sí misma. ¡Otra vez, la caridad, amor al prójimo! Sí, lo opuesto al egoísmo y a buscar la propia satisfacción. Quien se deja llevar por el impulso natural en sus relaciones sociales corre el peligro de ser imprudente y pecar por exceso o por defecto; está abocado a vivir para sí y no para los demás; a dejarse llevar por el egoísmo en lugar de ejercer la caridad y el amor al prójimo. No hubiera sido igual en esa boda sin la presencia de María. El amor todo lo transforma, incluso las situaciones adversas. La caridad no deja indiferente el ambiente en que está. Al contrario caldea el ambiente en que vive y alegra la vida de quienes están a su alrededor.

Quien tiene amor aumenta el grado de felicidad de los demás en la tierra. Basta una sonrisa, una palabra de aliento, un gesto de servicio. ¿Qué hizo María? ¿Qué hubiera hecho yo en su lugar: reclamar, protestar contra los novios y los servidores?


2. Se acabó el vino y María dijo a Jesús: “no tienen vino”. Aquí está el amor de María, amasado de sencillez y de fe. Sea por la afluencia de invitados, sea por error de cálculo, llegó un momento en que el vino comenzó a escasear de tal manera que era fácil prever su insuficiencia para el tiempo que todavía había de durar la fiesta. Esto era grave, porque el apuro iba a ser tal, cuando se descubriera, que bastaba para amargar a los novios el recuerdo de su boda, que se iba a convertir en regocijado comentario del pueblo durante mucho tiempo. Y aquí interviene María con su caridad intuitiva, ingeniosa y efectiva. Esto quiere decir que andaba discretamente pendiente del servicio, ayudando quizá, sin inmiscuirse en lo que era tarea propia de maestresala. En cuanto vio esto, pensó en el modo de remediarlo. Pensó en la violencia de la situación de los novios. Su bondad le llevó a compadecerse de ellos y a buscar un remedio. Ella sabía que no podía realizar un milagro, pero sabía que su Hijo sí podía. El amor intuye y se adelanta y se cree con confianza para pedir a Dios la solución. ¡Es la madre! Y comunica su preocupación a su Hijo.

María se dirige a Jesús como a su Hijo, pero Jesús le contesta como Mesías: no ha venido a remediar problemas materiales, pues es muy otra la misión que ha recibido del Padre. Aclarado esto, no tiene inconveniente en adelantar su hora: la de hacer un milagro que ponga de manifiesto su poder y dé testimonio de su divinidad. El amor todo lo puede. El amor abre el corazón de Dios. El amor humilde y confiado de María realizó lo que nadie podría hacer en ese momento: convertir el agua en vino. “No tienen vida”, ¡qué oración tan sencilla de María! Ella expone la necesidad con la simplicidad de un niño. Los niños más que pedir, exponen, y no es necesario más porque la compenetración es tan grande que los papás saben perfectamente todo lo que la frase del niño encierra, y es para ellos más clara que un largo discurso. María, siendo la más perfecta de las criaturas, o mejor todavía, la criatura perfecta, su oración, sin duda, es la más perfecta de las oraciones, la mejor hecha, la que reúne todas las cualidades en su máxima profundidad. Es el amor quien hace nuestra oración sencilla, sin rebuscamientos ni artificios. ¿Si nosotros no conseguimos de Dios lo que le pedimos no será porque nos falta sencillez en nuestra oración? Y si nos falta sencillez, ¿no será porque estamos faltos de amor en el corazón? Sólo un corazón que ama sabe ser sencillo al pedir y todo lo consigue. Como María. ¡Qué complicados somos los hombres a veces en nuestras relaciones con Dios y con los demás! Aprendamos de María.


3. “Haced lo que Él os diga”. Es el amor de María lleno de confianza y humildad. La mirada suplicante, confiada, sonriente y amorosa de la Virgen no podía ser indiferente a Jesús en ningún caso. María obró con la seguridad de quien sabe lo que hace, pues el amor da seguridad y abre las puertas del corazón de Dios. Se acercó a los sirvientes y les dio unas instrucciones muy sencillas: “Haced lo que Él os diga”. Tras esto, la Virgen vuelve a confundirse entre los convidados. Sólo el que ama a Dios, ama a los demás y se consume viendo cómo, por no poseerlo, no son felices. Esta vibración interior es lo que lleva a acercarles a Dios, pero sin artificios ni convencionalismo, sin acosos ni insistencias, con la tenacidad propia del amor, pero con su suavidad, haciendo que acaben queriendo, abriéndoles horizontes que tienen cerrados. “Haced lo que Él os diga”: es el imperativo que lanza quien ama, porque conoce a quien es el Amor supremo. El amor aquí se hace humilde: Él es quien cuenta, no yo. Sólo Él es el Salvador y Mesías. Pero su humildad sabe dar el tono y matiz preciso a su imperativo. La oración que nace de la humildad siempre será escuchada y casi “obliga” a Dios a escuchar y hacer caso. Lo que da intensidad a una oración, lo que hace poner en ella toda el alma es la necesidad, y nadie como el humilde puede percibir hasta qué punto está necesitado de que Dios se compadezca de su impotencia, hasta qué punto depende de Él, hasta qué extremo límite es cierto que el hombre puede plantar y regar, pero que es Dios quien da el incremento (cf 1 Cor 3, 6-7), es Dios quien puede convertir esa agua en vino.

Quien no ama no es humilde. Quien no es humilde trata a Dios con prepotencia y egoísmo, y lo usa para que resuelva los problemas que nosotros mismos nos hemos planteado o sacarnos de los atolladeros en que tercamente nos hemos metido. Pero María es humilde. Expone el problema y la necesidad y deja todo en las manos de su Hijo.

Deja a Cristo el campo totalmente libre para que haga sin compromisos ni violencias su voluntad, pero es porque Ella estaba segura de que su voluntad era lo más perfecto que podía hacerse y de verdad resolvería el asunto. María confía en la sabiduría de su Hijo, en su superior conocimiento, en su visión más amplia y profunda de las cosas que abarca aspectos y circunstancias que Ella podía, quizá, desconocer. La fe y la humildad deja a Dios comprometido con más fuerza que los argumentos más sagaces y contundentes. “Haced lo que Él os diga”: ¡Qué conciencia tiene María de que su Hijo es el Señor y es quien debe mandar y ordenar, y no ella! Nos pide que siempre escuchemos a su Hijo y después que hagamos lo que Él nos diga. El amor escucha y hace lo que dice y pide el Amor con mayúscula. Hacer lo que Cristo nos dice es obedecer. Por tanto el amor termina siempre en obediencia. Lo que María nos dice aquí es que obedezcamos, que pongamos toda nuestra personal iniciativa, no en hacer lo que se nos ocurra, sino al servicio de lo que Él nos indique. Como Ella, que fue siempre obediente.

Quien no ama, protesta y no obedece con alegría. Por tanto, este amor de María en Caná desemboca en obediencia a Cristo. No es un amor que se queda sólo a nivel de sentimientos y emociones, o de soluciones más o menos hermosas. El amor tiene que ser acrisolado por la obediencia. Con la obediencia hemos encontrado lo único necesario y todo lo demás viene resuelto como consecuencia. Y la obediencia consiste en cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida. Y fue esta obediencia de María y de los servidores quien hizo que Cristo obrase el milagro. Y no fue fácil lo que Cristo les mandó: “Llenen de agua esas tinajas” ¿No será esto absurdo? Los servidores no protestan ni reclaman ni cuestionan. Obedecen, simplemente. Y obedecieron inmediatamente. Y obedecieron hasta el final, llenando las tinajas hasta arriba. No puede obedecerse a medias.


Preguntas para reflexionar:

· ¿Qué me impide ver las necesidades de los demás: mi maldito egoísmo que me ciega, mi corazón duro y soberbio, mis manos cerradas y ociosas?
· ¿Pido a Jesús por las necesidades del mundo, de la Iglesia y de las familias? ¿O sólo pido por mí y mis cosas? ¿Pido, como María, con fe, con humildad, con amor, con confianza, con obediencia?
· ¿Tengo el vino de mi caridad dulce y oloroso para compartir con los demás, o está ya picado y avinagrado por mi egoísmo y orgullo?
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Cual es tu voluntad.

Cual es tu voluntad.

Hola bendiciones todos , que la luz de Cristo les colme de mucha bendiciones y prosperidad para todos ustedes y los suyos.

Venia comentando todos mis planes con Dios, le hablaba de todo lo que yo quería hacer, los clientes del studio, los proyectos web para colegios, las grabaciones del ministerio, mi boda para este año, mi negocio de sonido, mis estudios extracurriculares , mi universidad, etc... tantas cosas parecía yo un niño que le han regalado varios juguetes y que quiere jugar con todos al mismo tiempo, Es gracioso después de pensar y ¿ mientras yo habla que hacia Dios? jeje pensé, después de un largo bla bla bla que Jesús en cada plan que yo tenia y finalizaba el levantaba la manos y se quedaba con la boca abierta y con lo que iba a decir en la punta de la lengua, mientras yo cambiaba de tema sin puntos y aparte o punto seguido.

Luego después que me quedaban poco tiempo de conversacion con Jesús le pregunte ¿ Cuales son tus planes? y el me conteste con una gran sonrrisa de emosion como quien tiene ese proyecto tan soñado como si fuera por lo único que respiraba , "Salvarte".... luego de un gran silencio y sus ojos clavados en mi para ver mi reacción a la respuesta, me abrazo , yo me sentí tan avergonzado pues estaba siendo egoísta como siempre, y lo excluía de mis planes aun que todo se lo entregaba a El, El solo era la cajita de bendicion de mis proyectos he ideas.

Aveces vamos por la vida planeando y creando cosas, organizando y decimos que hacemos la voluntad de Dios pero no es la voluntad de Dios la que hacemos sino la nuestra y escondemos nuestro egoísmo en la vana intención de darle lo que aremos a DIOS para que el bendiga nuestra voluntad no la de El.Cuando se nos desploma lo creamos, nos preguntamos y cuestionamos a Dios y olvidamos esa palabras que todos los días oramos "que se haga tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo" y nos excluimos de esa voluntad.

Hermanos yo te invito a que seas participe de esa voluntad de Dios para ti, si has olvidad cual es la voluntad de Dios, te la recordare "amence los unos a los otros, como Yo lo he amado".

Que el Señor les bendiga siempre.
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La madurez, camino para la felicidad

La madurez, camino para la felicidad

La verdadera madurez consiste en la coherencia entre lo somos y lo que obramos. Es vivir de acuerdo con nuestras convicciones.

Todos los hombres se preocupan por encontrar en su vida una perla que valga más que todas las riquezas del mundo. Unos de una manera, otros de otra, todos buscan la felicidad. Encontrarla no es tan fácil, pues se nos ofrecen varios caminos para ser felices, pero algunos sólo nos dejan más tristes e insatisfechos. ¿Cómo podemos ser hombres y mujeres verdaderamente felices?

La clave para encontrar la felicidad está en la madurez.

La madurez no es la llegada a una edad en la que se puede hacer lo que antes nuestros padres nos prohibían. Tampoco es una fase de la vida en la que se está más allá del bien y del mal. Ni mucho menos es la capacidad de ser inflexible, que nadie nos diga qué tenemos que hacer.

La verdadera madurez consiste en la coherencia entre lo somos y lo que obramos. Es vivir de acuerdo con nuestras convicciones, cumplir responsablemente todos los deberes que consciente y libremente hemos contraído (en nuestra vida familiar, en la vivencia de nuestra fe o en nuestra vida profesional). Ser maduro no significa no tener debilidades. Quien es verdaderamente maduro identifica cuáles son sus debilidades y se alejará de las ocasiones que lo inciten a faltar a sus deberes. Una persona es madura cuando busca la ayuda de los demás para crecer, aprender y saber reconocer sus propios errores.

Esta madurez no se consigue de un día para el otro. Es necesario dar algunos pasos para alcanzarla. El primero de ellos es la elección de estado: ¿qué quiero ser en mi vida? Esto es algo básico y fundamental, pues es parte de una persona madura elegir el rumbo de su vida. Debemos hacer esta elección de acuerdo con nuestras convicciones y con las cualidades que Dios nos ha dado, ponderando todo lo que implica para nosotros. Una vez hecha esta elección, tenemos que luchar por cumplir en la práctica, en nuestro día a día, nuestros deberes en cualquier momento y circunstancia.

Un buen termómetro de la madurez es la autoconvicción, que consiste el cumplimiento de nuestros deberes cuando nadie nos ve. La persona inmadura vive siempre de apariencias. El maduro, en cambio, vive auténticamente de cara a Dios y a los hombres.

Una vida inmadura puede generar insatisfacción, nerviosismo, preocupación, inestabilidad espiritual, en fin, pude llevarnos a una vida triste y sin sentido. La vida vivida con madurez genera paz y tranquilidad con Dios, con los demás y con nosotros mismos. La madurez no cancelará nuestros problemas y dificultades, pero nos ayudará a superarlos.

Diariamente nos encontramos con grandes ejemplos de personas, que han sufrido mucho en sus vidas, pero que han logrado ser felices. El secreto de ellos ha sido el haber guiado con madurez su vida y haber sido coherentes en su forma de actuar, incluso en los momentos duros o difíciles.

Este es el camino, cada uno de nosotros está llamado a tomarlo libremente. Elegir el camino de la madurez es comenzar a ser verdaderamente felices.





¡Vence el mal con el bien!
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La noche de los Reyes Magos

La noche de los Reyes Magos

Noche mágica y misteriosa…¡Qué bonito sería pensar que esta noche todos duermen con esta espera maravillosa!

Noche de Reyes…

Noche mágica y misteriosa…

Noche que hace palpitar aceleradamente los corazones infantiles y que al cerrar sus ojos para dormir, los hará soñar con la tierna ilusión de una muñeca o de un tren de bonitos colores. Porque a pesar de que ahora los juguetes han alcanzado perfecciones insospechadas y técnicas admirables, nada podrá igualar al maravilloso encanto y tierna sencillez de una muñeca "vestida de azul" o de un tren de alegres y vivos colores.

Sueñan los niños y porque sus almas son inocentes y tienen fe, encontrarán sobre sus zapatitos, que esta noche brillan de tan limpios que están, los juguetes anhelados… "porque se portaron bien" y escribieron una carta que siempre empezó así: Queridos Reyes Magos….y los mágicos personajes, Melchor, Gaspar y Baltasar, vendrán al conjuro de esos deseos ingenuos, con sus hermosas capas, con dos coronas y un turbante, para dejar sus regalos.

De tanto pensar en ellos, sienten los niños que en el silencio de esta noche han oído como un rumor de pasos, roce de sedas, terciopelos y brocados… Son los tres Reyes Magos que han pasado. Y ojalá que esos niños guarden para siempre la ilusión y magia de esta noche tan singularmente bella para que, cuando adultos, en sus nuevos hogares, siempre haya una "noche de Reyes". ¡Qué bonito sería pensar que esta noche todos los niños duermen con esta espera maravillosa!

Pero el cuadro tiene su claro-oscuro. Las sombras que nos estrujan el corazón de miles y miles de niños que esta noche no pondrán sus zapatitos porque no los tienen, porque sus pies caminan descalzos sobre la tierra de este Planeta. Que no pedirán ni un tren ni una muñeca sino un mendrugo de pan para tener algo que comer en esta noche de Reyes. Estos niños nos están gritando con el grito silencioso de su presencia, que de nada sirven los tecnicismos de esta era si a los hombres se nos ha endurecido el corazón. Pobre humanidad, envanecida y orgullosa…¡de qué podemos estarlo! si los hombres se matan y los niños tienen hambre.

Hacer a los niños felices sería el mejor regalo y más aún para nuestras conciencias. Que la mejor meta al llegar el año 2009 sería que no existiera un solo niño sobre la faz de la tierra, en la calle, con hambre y descalzo.

Será sin duda el mas severo juicio al que seremos sometidos ante el Creador, porque estuvieron a nuestro lado y no los quisimos ver, tuvieron hambre y no les dimos de comer, tuvieron sed y no les dimos de beber…

Esta noche, noche de Reyes, la humanidad entera y cada uno de nosotros, tendríamos que convertirnos en un Rey Mago, abrazar contra nuestro pecho a un chiquitín, besar sus mejillas sucias, sus ojos tristes y caer de rodillas y pedirles perdón.
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¡Acabamos de estrenar un nuevo año!

¡Acabamos de estrenar un nuevo año!

Si el año que terminó lo hemos puesto en la Misericordia de Dios, pongamos en su Providencia el año que acabamos de estrenar.

Terminamos un año, y nos invita el tiempo a reflexionar, a dar gracias por todos los beneficios que se nos ha dado. Ha sido un año con dificultades y situaciones difíciles que nos han hecho crecer como personas y como cristianos, porque Dios siempre nos da las cosas que necesitamos para que crezcamos, para que maduremos. Han sido 365 días que han tenido sus amaneceres y sus atardeceres, y todo ha tenido su encanto.

Gracias a Dios porque ha sido bueno con nosotros y por ello estamos contentos. Pongamos en sus Manos misericordiosas el año que terminó, de todo aquello que hicimos mal, o cuando dejamos de hacer el bien. Todo lo hemos de poner en la misericordia de Dios, nuestras heridas, nuestros resentimientos, nuestras envidias, nuestra pereza para hacer el bien, nuestro orgullo frente a la vida… dejemos en Dios todo aquello que nos ató, aquello que nos esclavizó, y caminemos con la libertad de los hijos de Dios al encuentro del nuevo año que acabamos de estrenar.

Iniciar el nuevo año, con un corazón agradecido, porque si no valoramos el trabajo que Dios ha hecho por nosotros, entramos al nuevo año con la tristeza del pasado, con la angustia de lo que nos hizo sufrir, y el nuevo tiempo, se tornaría como el deseo de fugarse del presente para esperar algo nuevo y esperar algo bueno como si fuera fortuna, como si fuera la suerte… sin ser responsable de nuestra existencia.

Un nuevo año es tiempo de encuentro y por lo tanto de celebración, porque es encuentro de oportunidades; ha de ser celebrativo porque lo iniciamos con un corazón agradecido, ha de ser un tiempo de encuentro donde tenga cabida la sorpresa, el milagro, el estupor. No es una esperanza fortuita, ni producto de un juego de azar, sino es ir al encuentro del nuevo tiempo en la esperanza, de la realización plena del amor de Dios.

Si el año que terminó lo hemos puesto en las manos misericordiosas del Padre, pongamos en su Providencia el año que acabamos de estrenar, que todos nuestros días que están por venir estén confiados a la Divina Providencia del Señor, que, bien sabemos, cada instante de nuestra vida depende totalmente de Dios. Es Él quien nos cuida, es Él quien nos protege, quien nos provee de lo necesario para cada día, pues cada día tiene lo necesario para que podamos descubrir Su amor y cada día tiene su propio afán.

El amor de Dios se complace en hacer nuevas todas las cosas, un amor que se regocija en compartirse en cada instante, es el mismo Amor que nos ha creado de la nada. Es Dios mismo que se comparte con nosotros en cada instante especialmente en la Eucaristía. Por eso, podemos aventurarnos ya desde este momento a desear y esperar un buen año y…¡Que se realice como nuestro Padre Dios lo haya dispuesto!
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Las caidas.

Las caidas.

Las caídas, ¿cuantos de nosotros hemos pasado por hay? aveces creemos que son interminables y que nunca podremos estar con esa mente en paz de saber que no vamos a caer mas. ¿Como evitar caer mas? no hay forma, pues las caídas no son solo un des control del cuerpo que te lleva al suelo, también es un des control de la mente que te lleva al pecado un desenfoque de tu mirada puesta en Dios, de quere salir del camino, no se trata de dejar de caerse, como muchos habrán leído y escuchado se trata de levantarte , pero mas especifico de con quien te levantas, no es lo mismo levantarte solo que levantarte con Dios, levantarte solo trae consigo traumas y y barreras, cadenas y ataduras, pero con Dios no, pues es como levantarse libre con su dolor claro pero confiado en que solo es una caída y que eso no derrumbara tus sueños y planes con Dios. No te confundas los planes con Dios también son tus planes pues pensaras yo quiero hacer mi vida y.. ¿sabes cuales son los planes de Dios? que tu seas feliz, en una máxima proporción ¿y esos no te gustaría que fueran tus planes también?

Este años que ha pasado 2009 he caído muchas veces, aveces conciente, y esas son las caidas que mas me han dolido, la conciencia de saber que la decision que tomo hiere la fidelidad de Dios. He roto muchas cadenas de mi vida en este año que a pasado , pero también hay cadenas que aun no he podido romper y que estoy muy atado a ellas.
Dios es la fuente de misericordia pura, y conoce mi corazón canzado y el tuyo, El me sacara estas cadenas así como el ciego de nacimiento, TODO ESTA PREVISTO como dice mi hermano cursillista, Dios sabe cuando, yo sin embargo seguiré tratado de caer menos y tomar las decisiones agradable a Dios, aun que eso muchas veces duele pero es como una inyección de complejo B que pica jejeje las buenas decisiones te hacen mas fuerte en la fe.

Animo que este año paliemos con mas fuerza en contra de esas cadenas que nos atan, con el arma poderosa que es el amor.
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