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Una melodía


La novena sinfonía de Beethoven es una de las pocas composiciones de música clásica que se ha hecho popular en todos los niveles. ¿A quién no le suena familiar el Himno a la Alegría? Esta melodía que nos parece tan armónica y atinada, está precedida por un caos, donde muchos instrumentos irrumpen sin ton ni son, como preguntando: ¿hay alguien que me muestre el camino?

Durante mucho tiempo invade un tropel de sonidos, hasta que, rendidos, se callan. En ese momento una tenue voz marca una melodía: el Himno a la Alegría. A ella se irán sumando cada vez más voces. Así nos hace sentir el autor en la antesala del cielo.

Nuestro mundo es como ese caos azotado por la soberbia y las pasiones que quieren alejar al hombre de Dios. Pero en este mundo, Dios hace sentir una voz que, aunque sea tenue, se abre paso en los corazones donde la tierra está dispuesta. Con frecuencia la escuchamos en las calles, en las parroquias, a veces incluso en televisión. Esa voz tenue es la voz del sacerdote.

La Biblia nos ofrece varios ejemplos donde un instrumento musical, con frecuencia la cítara o el arpa, representa la imagen de ese hombre que es instrumento de Dios, que hace sonar una melodía agradable a Él. Simboliza a ese hombre que se presta a Él para colaborar en su obra. Este el caso del libro de los salmos, donde encontramos esta cita: “cantad a Yahveh en acción de gracias, salmodiad la cítara para nuestro Dios”. El sacerdote es también ese instrumento del que Dios quiere servirse para invitar a todos los hombres a participar libremente en esta gloriosa composición que le llena el corazón de alegría.

Las personas lo juzgan cada uno según su edad, sexo y posición: desde obreros hasta políticos, hombres y mujeres. Para algunos será una fuerte llamada a su conciencia; para otros su presencia les cuestionará el camino elegido; para los más viejos podrá ser una exigencia antes de encontrarse con Dios y quedarse con Él o perderlo para siempre.

Aunque en ocasiones nos resulte incómoda su presencia, nadie quiere alejarse del todo. Él nos recuerda un algo sobrenatural que está dentro de cada uno de nosotros y que nos invita a convertir nuestra vida para dirigirnos a Dios. El Santo Padre Benedicto XVI en el inicio de este Año Sacerdotal ha querido presentarnos esta frase del Cura de Ars: “Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para ustedes”.

¡Qué verdad es esto! La presencia de un sacerdote nos invita a no perdernos del todo en los ajetreos estresantes del mundo. Sobre todo cuando nos encontramos con su imagen sencilla y desprovista de la vanidad y apariencia con la que a veces nos los presentan algunos medios de comunicación. Al verle nos acordamos que, como hombres, no valemos por la cantidad de atuendos que colorean nuestra imagen, sino por la idea que Dios tiene de cada uno de nosotros.

Este año es una invitación para sentirnos cerca nuestros sacerdotes. Son ellos el grano de trigo del evangelio que debe morir día a día, para ganar gracias de salvación para sus almas encomendadas; para sus noventa y nueve ovejas, pero también para su oveja perdida.

Que ninguno sea sordo a esta llamada. Cada encuentro con un sacerdote puede estar lleno de significado, de un nuevo propósito en la fe y de la alegría de sentirnos parte de la Iglesia. El corazón de todo hombre tiene necesidad de escuchar esa melodía divina a la que somos invitados a participar por medio del sacerdote. Él nos recuerda que nuestra vida tiene un fin más alto, más sublime, más espiritual: Dios mismo.





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