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Un corazón inmaculado


La Inmaculada Concepción es una de las advocaciones principales de María. Su corazón inmaculado nos muestra un don libérrimo del amor de predilección del Señor por su alma.
La Inmaculada Concepción es una de las advocaciones principales de María. Su corazón inmaculado nos muestra un don libérrimo del amor de predilección del Señor por su alma. Es el que la distingue más del resto de las criaturas desde el primer instante de su concepción y nos permite adentrarnos confiada y humildemente en algunas de las riquezas que se desprenden de este corazón materno.

Dirijamos por unos momentos nuestra atención al pasaje de la Anunciación e, inicialmente, partamos del significado del término “Inmaculada”. Es una palabra derivada del latín y compuesta de dos elementos: la preposición “in” que aquí significa “sin” y el sustantivo “macula” que significa “mancha”.

Así pues, un primer sentido de la palabra “Inmaculada” es “sin mancha”.

Dado que en María este adjetivo se aplica a su concepción, conviene recordar que, por la desobediencia inicial de nuestros primeros padres, todo hombre o mujer es concebido y nace con el pecado original cuyas consecuencias, en síntesis, expone así el concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et Spes:

Lo que la revelación divina nos enseña coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Cristo como su principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros hombres y con todas las cosas creadas (Gaudium et Spes, n. 13, 1.)

Todos, menos María. Ella es “la mujer sin mancha” desde el primer instante de su concepción. Por lo mismo, sin mancha en su fe, en su esperanza y en su caridad. María recibió como don un orden y una altura especiales en la vivencia de estas virtudes que son la puerta, el camino y la meta de nuestras relaciones con Dios y con los demás.

Y fue también sin mancha en la vivencia de la prudencia, de la justicia, de la fortaleza y de la templanza. Las faltas que todos los demás hemos cometido y podemos cometer en la práctica de estas virtudes no aparecen en la vida de María por este don especial que Dios le hizo desde el inicio de su vida y que la Iglesia reconoce en María al declarar el dogma de la Inmaculada Concepción.

Este significado se basa, en realidad, en un término que aparece antes en el pasaje de la Anunciación y que nos introduce en el segundo sentido de la palabra que nos ocupa en el presente capítulo: “Inmaculada”. Se trata de un verbo griego en participio perfecto: “kejaritoméne”. Significa “la llena de gracia, la que ha sido y continúa llena de gracia.

Para captar algo mejor la riqueza espiritual de este rayo del corazón de María conviene fijarnos en el modo como Dios se presenta a otros elegidos suyos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento: Cuando elige a Moisés le dice: “Yo estaré contigo” (Gn 3, 12). En la elección de Jeremías, cuando éste muestra su temor por la vocación que está recibiendo, le dice igualmente Dios: “No temas porque yo estaré contigo para salvarte” (Jr 1, 8). A los mismos Apóstoles, en la última confirmación de su misión antes de subir al cielo, les dice el Señor: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

En cambio a María, antes de decirle Dios por medio del ángel: “El Señor está contigo” (Lc 1, 28), le ha dicho: “llena de gracia” (ibíd), que es mucho más que la afirmación de un cierto nivel de complacencia y apoyo por parte de Dios a sus demás elegidos. El adjetivo “llena de gracia”, en el sentido literal y fuerte de la expresión, viene a significar: “Porque te he elegido para ser la Madre de mi Hijo, quiero que tu alma y tu cuerpo, tu psicología y tu temperamento, tus instintos y tus emociones, todas tus potencias reciban de modo especial el influjo de mi gracia. Desde el primer instante de tu concepción estarán libres por un don especial de mi amor de toda atadura de pecado y podrán alcanzar la mayor plenitud de gracia que puede conquistar tu condición de criatura en tu naturaleza humana”.

En su Constitución apostólica Ineffabilis Deus que declaraba el dogma de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX expresó así este pensamiento:

Eligió Dios desde el principio y antes de los tiempos, una Madre para que su unigénito Hijo, hecho carne de ella, naciera en la dichosa plenitud de los tiempos; y en tanto grado la amó, que en sólo ella se complació con señadalísima benevolencia.

Y más adelante:

En tan alto grado la amó Dios por encima de todas las criaturas, que ella, libre siempre absolutamente de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, que no concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar después de Dios

La turbación de María en este punto puede explicarse no sólo por el tipo de saludo del ángel, sino porque empieza a captar algo de la profunda verdad de la obra que Dios ha realizado en su vida y porque en su humildad ella se siente indigna de tal don.

La “plenitud de gracia” en María significa, pues, que ella encarnará y desarrollará en un grado superior todas las virtudes que puede cultivar una persona; que en ella el arraigo de los hábitos buenos será más profundo; y que toda su persona poseerá una armonía interior y exterior sin las tristes rupturas que se han dado en todos los demás hombres y mujeres desde el pecado original de Adán y Eva.

Para valorar esta armonía originaria transcribo las consecuencias de su pérdida en nuestros primeros padres y en todos nosotros a consecuencia del pecado original. Así las describe el Catecismo:

La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (cf Gn 3, 7); la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (cf Gn 3, 11-13); sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio (cf Gn 3, 16). La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil (cf Gn 3, 17-19). A causa del hombre, la creación es sometida “a la servidumbre de la corrupción” (Rm 8, 21). Por fin, la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia (cf Gn 2, 17), se realizará: el hombre “volverá al polvo del que fue formado” (Gn 3, 19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (cf Rm 5, 12) (Catecismo de la Iglesia Católica, 400).

Ante este panorama de riqueza y plenitud de gracia del corazón inmaculado de María, no podemos sino maravillarnos del amor de Dios que se eligió y se formó tal Madre y agradecer al Señor que la haya tomado de entre los nuestros y la haya convertido en “orgullo de nuestra raza” (cf Jd 15, 10).

Podemos, también, y debemos alabarla como la “Toda hermosa” y con las demás alabanzas que la piedad del pueblo cristiano ha condensado en los himnos y cantos marianos.

Conviene, además, meditar dichos himnos y cantos antiguos y presentes, pues todos ellos apuntan de un modo u otro a este origen de sus prerrogativas: la Inmaculada Concepción de María.

Podemos, asimismo, reflexionar en que ella es la única criatura inmaculada. Y que todos nosotros lo más que podemos es aspirar a formar un corazón que no se deje atrapar y vaya superando las seducciones de la riqueza, el placer, el poder, la soberbia, la ira, la pereza…; un corazón que ame y viva la virtud de la castidad en el propio estado de vida de solteros, casados, consagrados o viudos. Será ésta una conquista ardua, de mayor dificultad en determinados períodos de la vida, pero vale la pena el esfuerzo -afianzado en la correspondencia a la gracia de Dios- porque es así como vamos limpiando el propio corazón y experimentando la verdad de aquella bienaventuranza: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8).

Nos conviene también aumentar cada vez más nuestro aprecio por la vida de gracia, de modo que busquemos recuperarla si tenemos la desgracia de perderla e incrementarla durante toda nuestra vida para parecernos más a nuestra Madre Inmaculada, “la llena de gracia”.

Así expresa sus sentimientos de hijo un poeta católico del siglo XX ante María Inmaculada. Es una plegaria que nos hace mucho bien espiritual y que todos podemos apropiarnos:

Madre de Jesucristo, no vengo ahora a rezar. Yo nada tengo que ofrecer y nada tengo que pedir. Vengo solamente, Madre, para mirarte. Mirarte, llorar de felicidad, saber para mí que soy tu hijo, y que tú estás allí. Sólo un momento en la quietud del día. ¡Estar contigo en este sitio donde tú estás, María! No decir nada. Contemplar tu cara. Dejar el corazón cantar con sus propias palabras. No decir nada. Solamente cantar porque se tiene lleno el corazón, como el cenzontle… Porque tú eres hermosa, porque eres Inmaculada, la mujer en la gracia por fin restaurada…
Inefablemente intacta, porque eres la Madre de Jesucristo, que es la Verdad en tus brazos, y la Esperanza y fruto único.
Porque tú eres la mujer, el Edén de la antigua ternura olvidada, cuya mirada encuentra nuestro corazón de repente, y hace saltar las lágrimas acumuladas. Porque tú estás ahí para siempre, sólo porque tú eres María, sólo porque existes te doy las gracias, Madre de Jesucristo (CLAUDEL Paul, Oeuvre poétique, La Vierge a Midi, Gallimard, Paris 1967, pp. 539-540).

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