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¿Se puede cambiar la ley moral?


La peor tragedia espiritual no es pecar, sino no reconocer que uno ha pecado

Algunos teólogos que se apartan del magisterio de la Iglesia afirman que el cristianismo no sería seguir una moral (cabría no cumplir algunos de los diez mandamientos, sobre todo en materia sexual), sino seguir a una persona, seguir a Cristo. Ahora bien, la pregunta que se plantea de modo inmediato es si es posible seguir a Cristo sin cumplir sus mandamientos. Y la Escritura nos contesta - dice Jesús al joven rico: "Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos" (no matarás, no cometerás adulterio, etc.) (Mt. 19, 17).

Y como dice en su encíclica "Veritatis Splendor", Juan Pablo II: «Se puede "permanecer" en el amor sólo bajo la condición de que se observen los mandamientos, como afirma Jesús: "Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como Yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor" (Jn. 15, 10). Y dice San Juan: "En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: "Yo le conozco" y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero, quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto conocemos que estamos en Él. Quien dice que permanece en Él, debe vivir como vivió Él" (1 Jn 1, 5-6; 2, 3-6).»

Los partidarios de cambiar la moral de siempre de la Iglesia Católica alegan que "hay que superar el legalismo y el carácter inmovilista de la moral tradicional, enfrentando a los hombres a esas exigencias de fe y amor (al seguimiento de Cristo como contrapuesto al seguimiento de la moral que Él enseñó). Y de este modo, elaborar una ética de la responsabilidad, sin formalismos, con "mayoría de edad". Para lograr sus fines, estos innovadores de la moral se sirven de una terminología aparentemente cristiana; pero enseguida se advierte que ha sido vaciada de contenido sobrenatural, y también, en la mayor parte de los casos, del contenido propio del lenguaje común.

Ante todas estas doctrinas, resuenan con particular actualidad las palabras inspiradas de San Pablo a Timoteo: "Has de saber que en los días postreros sobrevendrán tiempos peligrosos: se levantarán hombres amadores de sí mismos, codiciosos, altaneros, soberbios, blasfemos, desobedientes de sus padres, ingratos, facinerosos, desnaturalizados, implacables, calumniadores, disolutos, fieros, inhumanos, traidores, protervos, hinchados y más amadores de deleites que de Dios, mostrando así apariencia de piedad o religión pero renunciando a su espíritu. Apártate de esos tales; porque de ellos son los que se meten en las casas y cautivan a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas de varias pasiones, las cuales andan siempre aprendiendo, y jamás llegan al conocimiento de la verdad. En fin, así como Jannes y Mambres resistieron a Moisés, del mismo modo éstos resisten a la verdad, hombres de corazón corrompido, réprobos en la fe, que quisieron pervertir a los demás; mas no lograrán sus intentos, porque su necedad se hará patente a todos, como antes se hizo la de aquéllos"(II Tim. 3, 1-8)».[1]

De otra manera tratan algunos falsos teólogos de cambiar la moral de la Iglesia: A saber, dicen que lo importante para salvarse es haber tomado una decisión profunda en favor de Dios, elegirlo a Él, la llamada opción fundamental que supondría un compromiso de fe-amor a los demás hombres, compromiso que sobrepasaría toda "categoría moral", que exigiría cambiar el corazón y no cumplir un código.

De modo que una vez asegurada esta opción fundamental (normas trascendentales), en cambio, podemos orillar un precepto moral particular (normas categoriales) si, en un caso concreto, impide la felicidad del sujeto y su incumplimiento no produce daño a nadie. Sería el caso de algunos pecados contra el sexto y noveno mandamientos, que podrían ser incumplidos sin que uno perdiera la amistad con Dios asegurada por la "opción fundamental" positiva.

Frente a esta postura nos dice el Papa en la encíclica "Veritatis Splendor":"Por tanto, dichas teorías son contrarias a la misma enseñanza bíblica, que concibe la opción fundamental como una verdadera y propia elección de la libertad y vincula profundamente esta elección a los actos particulares. Mediante la elección fundamental, el hombre es capaz de orientar su vida y - con la ayuda de la gracia - tender a su fin siguiendo la llamada divina.

Pero esta capacidad se ejerce de hecho en las elecciones particulares de actos determinados, mediante los cuales el hombre se conforma deliberadamente con la voluntad, la sabiduría y la ley de Dios. Precisamente por esto, la opción fundamental es revocada cuando el hombre compromete su libertad en elecciones conscientes de sentido contrario, en materia moral grave. En realidad el hombre no va a la perdición solamente por la infidelidad a la opción fundamental según la cual se ha entregado "entera y libremente a Dios".

Con cualquier pecado mortal cometido deliberadamente, el hombre ofende a Dios que ha dado la ley y, por tanto, se hace culpable frente a toda la ley (cf. Sant. 2, 8-11); a pesar de conservar la fe, pierde la "gracia santificante", la "caridad" y la "bienaventuranza eterna". "La gracia de la justificación que se ha recibido -enseña el Concilio de Trento - no sólo se pierde por la infidelidad, por la cual se pierde incluso la fe, sino por cualquier otro pecado mortal." [2]

En realidad, es evidente que nadie puede decir que ama a Dios si le desobedece en materia grave. Por el contrario el que comete un pecado mortal, asesina, o comete adulterio, de modo deliberado, se aparta de la amistad de Dios: “Obras son amores y no buenas razones”.

La perversa influencia de estas teorías radica en que apartan, so capa de aparente compasión, de la misericordia de Dios, ya que, supuesto que todo hombre o mujer es débil, la peor tragedia espiritual no es pecar, sino no reconocer que uno ha pecado, pues entonces se cierra uno la puerta al arrepentimiento y al perdón de Dios que, como buen Padre, siempre está dispuesto a usar con nosotros su infinita misericordia, por poco que seamos verdaderos (humildes) y nos apene haberle ofendido.

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