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La belleza sencilla


Todo el que escucha con apertura y serenidad un himno medieval como el “Veni creator spiritus” se pregunta espontáneamente qué es lo que tiene el canto gregoriano para entrar en lo profundo del alma y despertar sentimientos de paz, de piedad y anhelos de eternidad.

Lo complicado no es siempre lo más bello; muchas veces, lo sencillo es capaz de elevarse a cumbres inimaginables de belleza. Son las cumbres de una belleza que va más allá de lo material y de lo sensible; belleza austera, belleza pobre, belleza pura, que irrumpe casi percibirlo en lo más íntimo de nuestra alma.

Es precisamente esta pobreza del gregoriano la que permite a nuestro espíritu volar ligero y situarnos en un ambiente de eternidad idóneo para el contacto con Dios. Una pobreza que no es indigencia ni miseria, sino un estar desprovisto de toda carga superflua. Como las viejas catedrales románicas, carentes de exuberancia fantástica, pero poseedoras de un espíritu poderoso.

Así es el canto gregoriano, bello, sencillo, puro. Por eso San Agustín se sentía cautivado al escuchar en Milán las suaves melodías entonadas por el obispo Ambrosio; por algo Mozart decía emocionado que hubiera entregado todas sus obras con tal de haber podido plasmar su firma en algún prefacio gregoriano.

He aquí otra cualidad del gregoriano, la de no sofocar a la palabra con las cadenas de los tiempos y de los ritmos, sino de dejarla ser ella misma, espontánea, eficaz, ágil, capaz de desdoblarse en todos sus matices. Es entonces cuando la palabra rompe las cadenas del compás y la melodía se viste con alas de libertad para volar irrevocablemente tras los impulsos del espíritu. La melodía gregoriana, al ser tan espiritual, no necesita de los rígidos senderos de las partituras modernas: compases, ritmos fijos, tiempos medidos. No, el gregoriano no camina por estas rígidas veredas, sino que vuela espontáneamente y se deja llevar casi ciegamente por los dictados de una profunda fe artística.

Es así como imprime en el alma sentimientos de postración o de desbordante alegría como en el aleluya del domingo de resurrección. Es esa serenidad eterna de una misa de réquiem; es esa dulce tranquilidad de los salmos entonados durante la liturgia de las horas, melodías que recuerdan al alma que no es de aquí y que la arrebatan a la contemplación de lo infinito, sencillas melodías que dejan tras de sí un “bonus odor aeternitatis”.


El canto gregoriano nos desgarra del tiempo, permitiendo unir nuestras voces a la del admirable coro de fieles que, a través de la historia han cantado con las mismas palabras las misericordias del señor, transformando el canto en una realidad de amor, como diría san Agustín.

Mucho se puede decir de este divino arte, pero con frecuencia las palabras resultan torpes para expresar lo inenarrable; por esto es el silencio un elemento sustantivo de esta escuela, silencio que medita y que espera en lo infinito.





¡Vence el mal con el bien!

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