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La fe de los demonios


Hola hermanos que la luz de Cristo los ilumines, y sobre todo que su favor misericordioso permanesca en ustedes por medio de su Espiritu Santo.

Lo que los hombres dijeron con pudor, de mala gana y en muy contadas ocasiones, los demonios lo gritaron con frecuencia y a la menor provocación: «¡Sabemos quién eres: el Santo de Dios!»



«¡Tú eres el Hijo de Dios!». Pocas veces los hombres que conocieron a Jesús se atrevieron a formular en voz alta una declaración semejante. Se necesitó una lenta agonía en la cruz para que al final un soldado romano pudiera decir sin demasiada convicción: «Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios» (Marcos 15,39). ¡Qué tarde se dieron cuenta!

Pero lo que los hombres dijeron con pudor, de mala gana y en muy contadas ocasiones, los demonios lo gritaron con frecuencia y a la menor provocación. Una vez que el Señor caminaba por la región de los gerasenos se encontró con un hombre poseído por un espíritu inmundo. Apenas lo vio, el demonio que lo poseía se fue a postrar delante de Jesús, diciendo: «¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo?» (Marcos 5,7).

Hay que reparar en esto: el demonio se postra delante de Jesús y lo llama Hijo de Dios; es decir, utiliza para referirse a Él el mayor título cristológico que sea posible pronunciar. Ahora bien, ¿cuándo los hombres hicieron algo parecido? En realidad, muy pocas veces. Pero «los demonios sabían quién era Él» (Marcos 1,34) y se le arrodillaban en señal de reverencia y sumisión.

En la sinagoga de Cafarnaúm había una vez un hombre atormentado por varios demonios que, sintiendo la proximidad de Jesús, empezó a agitarse y a gritar diciendo: «¡Ah! ¿Qué tenemos contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a torturarnos? ¡Sabemos quién eres: el Santo de Dios!» (Lucas 4,34).

Comentando este último pasaje, dijo una vez san Agustín (354-430) estas terribles palabras dirigidas a los que se negaban a ver en Jesús al Ungido de Dios, es decir, al Cristo: «Mira cómo los demonios lo reconocen. ¿Y tú te niegas a reconocerlo? Ellos lo saben y lo gritan, pero tú no quieres confesarlo. Déjame entonces decirte esto: eres peor que los demonios» (Comentario al evangelio de san Juan I,2).

Sí, los demonios saben, gritan y hasta se arrodillan. Pero, ¿de qué les sirve, si siguen siendo demonios? Y esto nos lleva a concluir lo siguiente: que la fe no consiste, ante todo, en decir ciertas cosas por profundas y ciertas que sean; que ésta —la fe— no es, ni puede ser, un conocimiento frío y seco de la verdad, y ni siquiera de la verdad más importante de todas, a saber, que Jesús es el Señor, pues, de ser así, el diablo y sus ángeles no sólo no serían eso que llamamos demonios, sino seres profundamente creyentes y, por lo tanto, dignos de encomio y admiración.

Pero volvamos a la pregunta inicial: los demonios, ¿tienen o no tienen fe? Todo depende qué se entienda por ella. Si la fe se redujera a ser una simple declaración verbal, como la de aquel que se limita a decir: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo», pero que no hace nada más, entonces los demonios nos aventajarían en todo. Pero si la fe fuera otra cosa…

Sí, hay quienes dicen en los momentos de euforia: «Tú eres mi Dios»; o bien: «¡Señor mío y Dios mío!». Pero ¿y luego? Eso también lo dicen los demonios, y al decirlo tiemblan. ¿Pero qué más? Es necesario todavía mucho más, pues quien se limitara a decir esto aún no habría aventajado en nada a los ángeles del mal.

Los demonios saben, pero no aman; se arrodillan, pero no para adorar: continúan, pues, siendo lo que son. En varias ocasiones se refirió san Agustín en sus escritos a esta dudosa fe de los demonios; he aquí, por ejemplo, lo que dijo en cuatro de ellos:

-«Una cosa es confesar a Cristo de modo que estés unido con Él, y otra confesarle de modo que alejes de ti a Cristo. Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mateo 16, 16), fue la confesión de Pedro, mostrando su deseo de unirse con Él. Sabemos quién eres Tú: eres el Hijo de Dios (Marcos 3,12), dijeron también los demonios para que Cristo se alejase de ellos. La fe sin amor es la fe de los demonios» (Comentario al evangelio de san Juan 1,2).

-«¿Y qué?, ¿por haber hecho esta profesión de fe: Sabemos quién eres Tú: eres el Hijo de Dios, reinarán los demonios con el Hijo de Dios? Sería una blasfemia sólo el pensarlo. Cuando a Pedro se hizo esta pregunta: ¿Quién decís vosotros que soy Yo?, respondió: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo. En premio de esta respuesta, el Señor le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan. ¡Oh, Dios mío! ¿No os dijeron eso mismo los demonios? ¿Por qué no los llamáis entonces bienaventurados? ¿Por qué? Porque los demonios hicieron esta confesión por el temor, mientras que el discípulo la hizo por amor» (Sermón 168,2).

-«Es la misma confesión, pero no es idéntico el amor. El mismo es el sonido material de las palabras, pero diversa la intención» (Sermón 158, 6).

-Y, por último ésta otra: «Señor Jesús, yo creo en ti, pero haz que crea de tal modo que también te ame. La verdadera fe consiste en amarte. No basta creer como los demonios que no amaban, y, a pesar de que creían, clamaban: ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, oh Jesús Hijo de Dios? Haz, Señor, que yo crea de modo que, creyendo te ame, y no te diga: ¿Qué tengo yo que ver contigo?, sino: Tú me has redimido, y yo quiero ser tuyo» (Enarrationes in psalmos 130,1).

Cuando alguien me dice, como dándome por mi lado, que después de todo es posible que haya un Dios en el cielo, yo esbozo una sonrisa de tristeza. Pues aún cuando éste me dijera que Jesús es, de veras, el Hijo de Dios, aún no habría superado en nada le fe de los demonios. Pues la fe es entregar la vida o no es nada todavía.

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